The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 5: Nada Tiene que Terminar

Parte 1

 

 

Frente a la tienda donde solía comprar panes dulces, me encontraba indeciso sobre si debía entrar. El gato negro no volvería a aparecer ¿Qué sentido tendría repetir esta rutina?

Consulté la hora en el celular.

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04:34 PM.

Se estaba haciendo muy tarde. No me preocuparía en lo más mínimo llegar tarde a la casa sino fuera porque esta vez había alguien que me estaba esperando, una chica que se preocuparía mucho cuando vea que llegué tarde, una persona que necesitaba de mí tanto como yo de ella.

— ¡Ah! Joven Erick.

Me giré al escuchar una voz familiar.

— Señor Rafael —dije.

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— Qué coincidencia encontrarlo por estos lados.

— Debe ser porque hoy salí tarde.

— Eh, ya veo… Sí, por lo general usted siempre sale y entra puntual a la escuela.

El hombre iba vestido con una chaqueta de cuero negro, por dentro se llegaba a diferenciar un traje elegante que evocaba su anterior trabajo como mayordomo.

Rafael trabajaba como recepcionista en un lujoso restaurante, comenzó a laborar en ese establecimiento como mesero, pero sus habilidades —aprendidas como mayordomo— para tratar a la gente con extremo respeto y amabilidad le hicieron merecedor de un ascenso.

— ¿Y cómo le ha ido Joven Erick? ¿Ha estado comiendo bien?

— Sí…

— Me alegra. Por cierto, ¿Cómo va con sus estudios?

— Igual que siempre, no he bajado mi promedio.

— ¡Ah! ¡Ya veo! Sí que es un chico inteligente, en poco tiempo dejó de necesitar mi ayuda…

La mirada del hombre se perdió en las nubes. Sin saber de qué hablar yo también miré hacia el cielo y entonces mi mente caprichosamente vagó entre recuerdos…

***

 

 

Una vez, Rafael caminaba a mi lado cuando yo era un niño. En ese entonces mis padres tenían un poco más de un mes de haber muerto. Yo me encontraba admirando el tranquilo pasar de las nubes.

— Señor Rafael… ¿Qué pasa cuando uno se muere? —pregunté.

— ¿Eh? —el mayordomo se sorprendió por la pregunta tan repentina y complicada de contestar—. La muerte es misteriosa, no podría darle una respuesta definitiva —expresó dedicándome una sonrisa—. Puede ser que exista un cielo, un paraíso, una nueva vida, una recompensa… o puede que no, solo nos queda creer.

— ¿Se refiere a la religión?

— Ah, sí, eso mismo.

— ¿Usted cree que hay un paraíso en el cielo? —pregunté con la curiosidad presente en el tono de mi voz.

— No. Más bien yo creo en la reencarnación.

— Oh… ¿Reencarnación? Cuénteme más por favor.

— Bueno, verá…

Y así, Rafael me contó sobre su religión mientras caminábamos de regreso a la mansión. Yo me encontraba muy interesado en el tema, las preguntas no dejaban de surgir de mi boca. El mayordomo, siempre que era posible, contestaba de una manera que fuera fácil de entender. Era una conversación amena la cual fue disfrutada por ambas partes.

Al llegar a la mansión, en frente se encontraba una niña, portaba un guante de béisbol, cerca de sus pies yacía un bate de aluminio y una pelota.

— Vine a jugar —dijo ella.

— Eh, parece que ahora viene más de seguido —expresó Rafael—. Sí que se llevan muy bien ustedes dos, Joven Erick.

— Sí —asentí con expresión neutra.

— ¿Hoy vamos a jugar béisbol, verdad? —preguntó la niña sin mostrar alguna expresión en su tranquilo rostro.

Ella fue mi primera amiga.

Rafael sonrió al ver que yo tenía al menos a alguien con quién jugar y hablar. Me acerqué a la niña y Rafael entró a la mansión.

Aún afuera, mi amiga y yo nos encontrábamos hablando. El día anterior, le había prometido que jugaríamos afuera al béisbol, un deporte que ella desconocía. Por esta razón la niña parecía emocionada —aunque en su rostro esto no se reflejaba claramente—, ella misma había pedido a una de las empleadas que sacaran lo necesario para jugar y esperó hasta que yo llegara. Sin embargo, en ese momento yo no me mostraba muy ansioso por jugar.

— Sé que dije que hoy jugaríamos afuera —musité—, pero no tengo ganas de hacerlo…

— Pero yo sí quería —replicó la niña con tono triste—, por eso estuve esperando afuera. Quiero aprender cómo jugar béisbol.

— Uhm… —hice una mueca con mi boca.

— ¿Entonces no jugaremos?

— Es que en serio no tengo ganas… ¿Por qué no mejor entramos y jugamos a algún videojuego?

— Pero a mí no me gustan —la niña melancólica observaba el guante en su pequeña mano, ella se negaba a entrar. Pasó algunos segundos en silencio y entonces declaró—: Erick, la semana que viene yo me iré.

Una corriente de viento pasó meciendo el cabello castaño de la niña el cual no se encontraba amarrado en dos coletas como era usual en su apariencia.

Ella había llegado junto a su padre a la ciudad con el objetivo de que le dieran tratamiento a su madre que sufría una rara y grave enfermedad. Lamentablemente la madre falleció sosteniendo la mano de su hija —una escena que la niña tendría presente por el resto de su vida—. Por tal razón el padre no tenía motivos para quedarse por mucho tiempo en la ciudad.

Arrugué el rostro al recordar que los días que pasaba jugando junto a mi amiga terminarían en una pronta y amarga despedida. Jugar y platicar con ella me hacía más llevadero el dolor de haber perdido a mis padres, de la misma manera se sentía la niña con respecto a la muerte de su madre.

Tres meses habían pasado desde que nos conocimos en la heladería, para mí ese tiempo transcurrió con tal rapidez que parecía que fuera ayer cuando mi nombre fue mencionado como ganador del concurso de pintura mientras mis padres aplaudían más fuerte que el resto y al mismo tiempo que vociferaban orgullosos mi nombre.

— Papá ha estado demasiado triste —masculló la niña con voz temblorosa—. Todas las noches lo escucho llorar. Eso me preocupa…

— Tu papá quería mucho a tu mamá —opiné levantando el bate del suelo.

— Yo también quiero a mi mamá —repuso ella con ojos vidriosos—, pero mi papá está sufriendo demasiado, parece que me está mintiendo cuando dice que solo se sentía triste… No es sincero conmigo.

— ¿No es sincero contigo?

Ella asintió con la cabeza, se quitó el guante de béisbol y se restregó los ojos. Yo por mi parte desvié la vista deprimido.

— Hey… ¿en serio es necesario que te vayas? —pregunté.

— Mi papá dice que ya no le queda dinero, que ya no tiene caso quedarse más tiempo.

Yo estaba al tanto de la situación de su padre. Me lamenté haber tenido a mi tío como tutor legal, de ninguna manera podía contar con él para ayudar al padre de mi amiga para que se quedaran más tiempo. Si mi padre estuviera vivo, aceptaría ayudar sin dudar a su amigo de la universidad con tal de cumplir mi deseo egoísta. Yo anhelaba que ella se quedara incluso a vivir en la ciudad.

Solo quedaba una semana para que la niña se alejara de mí con quien tan bien me llevaba, no obstante aquella triste despedida que me imaginaba nunca sucedió.

Ese día, ese momento, sería el último antes de ser separados de una manera tan abrupta e inesperada.

— Está bien —expresé agitando el bate como si estuviera calentando—, vamos a jugar béisbol.

— ¿¡En serio!? —preguntó ella con sus ojos castaños bien abiertos.

— Claro, hasta podríamos decirle al señor Rafael que juegue con nosotros si está desocupado.

Los labios de la niña se arquearon para formar una pequeña sonrisa pero en ese momento la puerta principal de la mansión se abrió de golpe. Mi amiga y yo nos asustamos y avistamos a un hombre malhumorado saliendo.

Se trataba de mi tío, Allan Hawthorne.

Entonces entendí la insistencia de mi amiga por jugar afuera. Ella tembló nerviosamente y se me acercó buscando mi protección.

— ¡Maldita sea! —exclamó el hombre—. ¿Eh? ¿Y tú qué mierda me ves? —me preguntó dirigiéndome una mirada llena de odio.

Allan notó a la niña de cabello castaño que se ocultaba detrás de mí. Se acercó lentamente con una sonrisa burlona dibujada en su detestable rostro.

Hace algunos días atrás, ella me había contado acerca de las insinuaciones lascivas del hombre con ella, un comportamiento perverso que tuve la oportunidad de ver en una ocasión. La mirada lujuriosa que le dedicó mi tío a la indefensa niña hizo aumentar mi rabia con el despreciable hombre.

— ¿Qué pasa? —preguntó Allan—. ¿No me dejarás saludar a tu amiguita?

— No te le acerques —le advertí sosteniendo el bate de manera defensiva.

— Oh… Qué valiente. Pero solo eres un mocoso.

Allan rápidamente sujetó mi quijada, no logré reaccionar a tiempo. El bate cayó al suelo.

— Más te vale que obedezcas a tu tío —amenazó el hombre con voz maliciosa, luego me arrojó al suelo.

Dos segundos pasaron.

Empecé a convulsionar mientras apretaba mi pecho con una mano. El sonido agudo, aterrador y estridente resonó una vez más.

— Vaya… Ahí va de nuevo su actuación —dijo Allan.

— ¡¡¡AAAAHHH!!!

El memento mori hizo que yo tomara el lugar de mi tío, estaba punto de sentir en carne propia nuevamente la desesperación de la muerte.

Mi cuerpo yacía sobre un charco de sangre. Tenía moretones, huesos rotos y agudos dolores que invadían mis sentidos, en ese momento seguramente mi tío deseaba ya estar muerto. Morir y que todo el dolor desaparezca de una buena vez…

No hace mucho había sido golpeado sin misericordia por un grupo de hombres vestidos de trajes elegantes hasta dejarme semiinconsciente, lo suficiente como para presenciar la agónica muerte que se avecinaba pero demasiado malherido como para poder moverme o suplicar.

Sentí que mi cuerpo —o más bien el cuerpo de mi tío— fue arrojado de forma brusca, como quien tira basura maloliente lejos, a una improvisada tumba en un predio vacío.

La tierra empezó a caer poco a poco de la superficie hasta cubrirme por completo. Y así el miedo y la angustia tanto física como mental reinaban en mi rígido cuerpo rodeado totalmente de esta tierra húmeda.

Estaba envuelto en una fría oscuridad.

Los pulmones se expandían cada vez con mayor dificultad. El horror provocado por la lenta muerte pesaba y oprimía tanto como la tierra misma que se colaba en los huecos que aparecían gracias a la mortal e inevitable respiración.

No había forma de librarse de aquella gélida prisión. Deseaba desesperadamente que la pesadilla llegara a su fin, no obstante el tétrico silencio que acompañaba la profunda oscuridad fue interrumpido por unas voces amortiguadas por la tierra.

— ¿Y esta vez quién fue el pobre desgraciado?

— ¿No lo sabes?

— No, yo solo hago lo que me ordenan sin preguntar, esas son las reglas.

— El imbécil se llamaba Allan Hawthorne. Ese tipo quería quedarse con la fortuna de los Hawthorne para él solo.

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— ¡Ah! Ya veo, ese fue quien el jefe le ayudó para que cortaran los frenos del auto de aquella vez.

— Sí… qué desgraciado, matar a su propio hermano… En fin, no quiso cumplir con su parte del trato y aquí lo tienes.

— ¿Con el jefe nadie se mete, eh?

— Vamos, deja de hablar y terminemos cuanto antes, debemos dejar el lugar a como estaba.

La tierra siguió comprimiendo mi cuerpo hasta que aquellas voces se apagaron al igual que el ruido de las palas que golpeaban la superficie y después de un breve momento…

Mis pulmones fueron aplastados.

— ¡¡¡AAAHHH!!!

Envuelto en un sudor frío y agitado regresé a la realidad, solo para encontrarme con el asesino de mis padres quien caminaba tranquilamente alejándose de la mansión. Pude escuchar lo suficiente como para enterarme de la verdad. Mi tío estaba detrás de la fortuna de mis padres.

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— ¿Erick? ¿Estás bien? —preguntó la niña sumamente preocupada, pero yo no le presté atención.

Inmediatamente cogí el bate y corrí hacia donde estaba mi despreciable tío.

Un alarido resonó alertando a los vecinos y a algunas empleadas de la mansión quienes salieron a averiguar lo que estaba sucediendo.

Al ver la inimaginable escena, una de las empleadas regresó a la mansión para informar al mayordomo de lo ocurrido.

— ¡Erick! ¡Erick! —exclamó la niña pero sus palabras llegaron a oídos sordos.

No dejaba de escucharse los gritos de dolor —otros de furia— y el sonido del bate de aluminio golpeando el cuerpo de Allan Hawthorne.

La niña aterrorizada de mi comportamiento, cayó de rodillas, las lágrimas brotaron de sus ojos desconsoladamente. Una de las criadas sujetó la para alejarla de tan espantosa visión, sin embargo ella se resistió con pataleos.

Seguí impactando el bate en el cuerpo de mi tío a quien ya le estaba faltando fuerzas para suplicar. Una ciega ira me estaba controlando.

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— ¡Joven Erick!

Al ver lo sucedido, Rafael no tardó en correr hacia mí, pero segundos antes llegó la niña.

— ¡Erick! ¡Por favor no sigas!

— ¡Aléjate!

Se escuchó claramente un último golpe y todo acabó.

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La niña cayó de espaldas y yo solté el bate atónito, horrorizado.

Se escuchó la exclamación de una empleada:

— ¡Dios… mío! ¡La- la mató!

***

 

 

— … Erick… ¡Joven Erick!

Una voz se escuchaba a lo lejos. El volumen iba aumentando paulatinamente.

— ¡Joven Erick!

— ¡Ah! —me exalté y giré la vista hacia los lados—. Disculpe… creo que estaba soñando despierto.

Los recuerdos fueron guardados una vez más.

— ¿Qué soñaba? —preguntó el antiguo mayordomo intrigado.

— Sobre el pasado.

— Podrá ser que todavía…

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— Uh, ya… Ya no vale la pena recordarlo—dije negando con la mano—. Y cuénteme, ¿A usted cómo le va en el trabajo? —pregunté con la intención de cambiar de tema.

— No tengo quejas al respecto.

— Me imagino que no se la pasa mal en su trabajo. Sí… le queda bien ese traje.

— Oh, gracias Joven Erick… Sabe, me parece verlo de muy buen humor.

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— ¿Ah? ¿Por qué lo dice?

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— ¡Porque usted está sonriendo!

Hasta ese momento no me había percatado de mi apariencia exterior.

— En todo este tiempo que ha pasado —me apresuré a preguntar—: ¿Cuándo fue la última vez que me ha visto sonreír?

— Cuando usted era un niño… pero ahora que vuelvo a ver esa sonrisa suya, me pregunto a qué o a quién se debe esa felicidad…

— Una… —dejé de hablar decidido a no revelar la existencia de Layla a Rafael—. No… Yo también estoy sorprendido, no pensé que yo estuviera sonriendo.

Rafael se empezó a reír mientras hablaba:

— Ya veo ja, ja, ja, me alegro por usted, joven Erick.

La pequeña carcajada de Rafael fue interrumpida por una fuerte tos.

— ¿Eh? ¿Está bien? —pregunté preocupado.

El antiguo mayordomo negó con la mano diciendo que no era nada de lo que preocuparse, luego de toser un par de veces, el hombre se repuso y miró nuevamente al cielo pensativo mientras yo aún no dejaba de verlo con mucha preocupación. No podía evitar que me preocupara, él era como un padre para mí.

— Qué rápido ha pasado el tiempo —expresó Rafael sintiéndose nostálgico—, ¿le molestaría que lo llamara simplemente “Erick”?

— No hay problema… A estas alturas sería raro que no lo hiciera.

— Gracias, igualmente usted se puede referir a mí solo por el nombre, ¿ahora somos un poco más cercanos?

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— Así parece —asentí confortado.

— Erick, ¿no le gustaría que lo invite a comer algo de repostería?

Metí mis manos en los bolsillos del pantalón y acepté la propuesta no sin antes decir:

— Debería tomar algo para la tos…

Rafael me sonrió y aceptó la sugerencia.

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