The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 4: Club de Pintura

 

 

Desde que me encontré con Layla mi vida fue más activa que antes. Los días me parecían más alegres y coloridos que cuando estaba solo.

En las mañanas ella empezó a despertarse más temprano que yo y se adelantaba a preparar el desayuno.

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Luego me iba a la escuela como siempre y Layla se quedaba en mi casa viendo televisión o leyendo algunos libros que tenía casualmente.

En las tardes después de la escuela, junto a ella caminaba por la ciudad con la esperanza de que alguien la reconociera o encontrar algún volante con su foto impresa. Eso nunca sucedió.

— Me entristece no poder recordar nada —me dijo en una ocasión—, pero tengo la suerte de haberme encontrado con una buena persona.

— ¿Ah sí? ¿Habrá alguien tan mal de la cabeza para ayudar a una chica tan problemática? Me pregunto quién será —expresé fingiendo no saber la respuesta.

Aunque de verdad yo no estaba bien de la cabeza.

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— ¡Pues hablo de ti! —exclamó ella con una amplia sonrisa.

Después me abrazó y sonrió como si todos sus problemas y preocupaciones no existían. En algún punto su desconfianza se había convertido en lo contrario, sus cachetadas y exclamaciones de “¡Pervertido!” pasaron a ser tiernos abrazos, muy cálidos a pesar de su fría piel.

El tiempo siguió su marcha, la situación de Layla no cambió en lo absoluto desde que la conocí.

Nos encontrábamos en la era de la comunicación. Era tan fácil hablar o darte a conocer con otras personas que se podían encontrar al otro lado del mundo. Su situación de “chica desaparecida” se podía resolver tan fácilmente como solo poner su foto en una red social y anunciar que ella se encontraba perdida y sin recuerdos de su hogar. Pero… nunca le dije a Layla sobre esta forma de resolver su problema.

Era la única persona en la que el memento mori no funcionaba. Mi temor de experimentar otra vez el dolor y la angustia de la muerte se desvanecía cuando ella me abrazaba o tenía el mínimo contacto con su suave piel.

Otro sentimiento estaba surgiendo cada vez que estaba cerca de ella.

Se trataba del remordimiento.

¿Por qué no dejar las cosas como están?

Ella representaba la única oportunidad para mejorar mi vida, no podía alejarla de mi lado.

Siento que la necesito.

Pasó un mes y medio desde entonces.

Layla se miraba feliz y me alegraba su compañía. No necesitaba más. Solo a ella. Por esta razón aquel remordimiento decidí reprimirlo en lo más profundo de mi alma.

***

 

 

“Todo pasa, nada es, nada permanece”.

Al final de la clase de filosofía aquella frase quedó escrita en la pizarra.

Nada permanece…

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Esperando a que la siguiente clase empezara, noté que una hoja de papel estaba plegada y sujetada con cinta adhesiva debajo de la mesa donde solía ubicarme en el salón de clases. Con lapicero de tinta rosada y caligrafía cuidadosa estaba escrito lo siguiente:

“Club de pintura, salón D8. 3:30 PM”.

Observé a todas las personas en el salón, nadie me prestaba atención.

¿Quién escribió esto?

En la hora de receso me lo pasé viendo fijamente la hoja de papel —de algún cuaderno— totalmente desconcertado ¿En serio este papel iba dirigido a mí? ¿Por qué? ¿Era una invitación? ¿Quién lo escribió? No lograba obtener respuestas. Dudé de que esto fuera una broma ya que efectivamente existía un “Club de pintura” —aunque no era un club exactamente— y el salón D8 estaba asignado para ser usado por ese “club”.

Curiosamente la tinta en el papel olía a fresa. Al parecer fue una chica la que escribió esto.

Entonces traté de visualizar mentalmente a sus miembros… Lo intenté pero no obtuve éxito, del club de pintura solo conocía el nombre y su salón nada más.

Estaba sumamente intrigado por el papel y no me quedaba de otra que esperar hasta que las clases finalizaran.

La hora de salida regular era a las tres de la tarde, así que tuve que esperar por más de veinte minutos sentado en una banca en el corredor.

Miré nuevamente el papel en mi mano izquierda.

“3:30 PM”.

¿Es necesario que llegue puntual?

Solo había pasado diez minutos pero me estaba impacientando debido al misterio que rodeaba esta invitación —si es que así debería llamarlo—. No tenía idea quién era el remitente.

Me levanté y me dirigí al salón D8. Los salones que se encontraban disponibles para los clubes se ubicaban desde el salón E10 hasta el D8.

El “club de arte” se ubicaba al final del pasillo donde estaba caminando.

Al llegar, me encontré con la sorpresa de que la puerta estaba cerrada, o eso parecía.

Tal vez sí vine temprano.

Ese fue mi conclusión, pensé que quizá los miembros del club de arte no se encontraban en el salón pero unas voces femeninas que provenían del interior me demostraron lo contrario.

— Uhm… qué bien te está quedando, pero deberías oscurecer un poco más ese azul.

— Oh, entiendo.

¿Qué debería hacer? ¿En serio me habían invitado a venir?

Me sentí un poco nervioso, ¿cómo debería hablarles?

Repentinamente escuché que un recipiente de vidrio se rompió seguido de un breve grito lo cual hizo inquietarme.

— ¡AAAHH, presidenta!

Inconscientemente apoyé una mano en la puerta al ver que podía empujarla y eché un vistazo al interior…

— ¡Perdón por mancharle la camisa!

— Tranquila, es mi culpa, no te preocupes.

Al parecer dos chicas hablaban, una se escuchaba alterada y la otra tranquila.

— ¡Perdóneme! Yo misma se lo lavaré.

— Eh, gracias.

Y entonces… ellas no se dieron cuenta.

Desde mi posición solo podía ver a una de las dos chicas.

Era alta y poseía un par de anteojos redondos, tenía ojos finos color ámbar y cabello negro largo amarrado en dos colas que se posaban en sus hombros.

Oh… cielos…

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The End of Melancholy Volumen 1 Capítulo 4

 

Ella se estaba desabotonando tranquilamente la camisa de su uniforme riendo jovialmente. Su pecho casi desnudo cubrió toda mi vista. Sus senos eran de un tamaño ligeramente mayor a la media, uno de ellos —para ser más preciso el derecho— tenía la particularidad de estar adornado con un pequeño lunar. Yo, como hombre solitario que era, no podía evitar fijarme en ese detalle.

El tiempo parecía avanzar lentamente.

Una vez despojada de su camisa la chica mostraba despreocupadamente sus provocativos senos sujetos por un brasier de color rojo con estilo floreado.

Me alejé inmediatamente de la puerta mientras sentía mi corazón latir deprisa. Pocos segundos más tarde la puerta se abrió por completo y de la entrada del salón salió una chica de cabello corto café, ojos verdes, de baja estatura —quizás 1.60 metros— y de rostro pecoso. Llevaba entre sus brazos una camisa manchada de pintura.

Ahora que la veía de cerca, a ella sí la conocía, se llamaba Liseth… Desconocía su apellido, pero sí sabía que ella era de mi sección.

Liseth se detuvo frente a mí, su rostro mostró una expresión de sorpresa que luego cambió a una de sospecha mezclada con desagrado.

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— Ah… eres tú —dijo malhumorada.

Me sentí aliviado al ver que ella no se había dado cuenta —por la agitación del momento— de que me estaba asomando por la puerta.

— Este… bueno… yo… ehm… —titubeé mientras mostraba mi mano izquierda que sujetaba el papel encontrado en mi mesa.

Ella chasqueó los dientes al ver el papel y se dirigió rápidamente a la puerta del salón:

— ¡Presidenta! ¡El raro de mi grupo ya vino! —su tono de voz se escuchaba más amable que cuando se dirigía a mí.

¿El… raro?

Luego ella se retiró corriendo preocupada por la camisa que llevaba no sin antes mirarme por última vez con una mirada asesina.

¿Le he hecho algo malo?

Al cabo de unos segundos, del salón emergió la figura de una chica que por poco alcanzaba mi altura, cabía destacar que yo era más alto que el promedio.

— ¡Hola!

— ¡EH! —una exclamación de sorpresa salió de mi boca al verla.

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Ella seguía sin camisa.

Mi cuerpo parecía estar hecho de mármol. Ella ladeó la cabeza al verme inmóvil.

No pude evitar alternar mi mirada entre su rostro y su pecho. Los dos mechones de cabello cubrían ligeramente sus senos haciéndolos verse más provocativos. Entonces ella bajó la mirada a su pecho y así entendió la razón por la que yo aún no reaccionaba.

Ella intentó reprimir su risa colocándose una mano en la boca.

— Perdón por esto, ja, ja, ja —dijo con un tono alegre y entró al salón, un minuto después salió nuevamente.

Ella ahora vestía una camiseta blanca con rastros de pintura en algunos lados. Me dio la impresión de que esos rastros de pintura eran intencionales.

Su mirada detrás de los lentes me analizó de pies a cabeza mientras murmuraba en palabras que no lograba entender sin dejar de sonreír. Luego de su análisis visual ella se presentó con una voz apaciguada:

— Hola, me llamo Jasmine LeBlanc, soy la presidenta del club de pintura.

Acto seguido ella levantó su mano izquierda esperando ser estrechada.

Así que ella también es zurda… ¿LeBlanc?

Imité sus gestos y estreché su mano, ella se exaltó ligeramente por mis guantes pero no habló al respecto. Sus ojos bien abiertos se posaron en mi mano, al notarlo inmediatamente la retiré, oculté mis manos en los bolsillos laterales del pantalón. Esperando que ella no preguntara nada acerca de mis guantes.

— Erick Hawthorne —dije con voz nerviosa.

— Es un gusto conocerte, Erick. Ven puedes pasar.

Interesante la forma que tenía para pronunciar mi nombre.

Jasmine extendió el brazo derecho en dirección al salón invitándome a entrar.

— Por favor, pasa adelante —expresó la chica de lentes—, entra con confianza, no te haré nada malo.

La chica me guiñó el ojo izquierdo al mismo tiempo que mostraba una tranquila y despreocupada sonrisa.

Yo asentí y caminé algo desconcertado.

Al adentrarme al salón me encontré con varios artículos relacionados a la pintura: Telas para lienzo, pinceles de distintos grosores, vasos con agua, trapos manchados de pintura, trípodes para colocar cuadros, diferentes envases de óleo, acuarelas, acrílicos, lápices de grafito y paletas para mezclar colores.

— ¡Bienvenido al club de pintura! —exclamó Jasmine. Con gestos parecidos al guía de algún museo señalaba los diferentes cuadros colgados en las paredes.

Se advertía a primera vista la diversidad de técnicas con las que fueron realizados los cuadros, algunos más destacables que otros, en especial los realizados en acuarelas y óleos.

— ¿Qué tal? —preguntó ella—. Éstas son las obras de los miembros del club de pintura, nada mal ¿verdad?

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— Uhm…

No supe qué decir, seguía sorprendido por la reciente sucesión de hechos.

— Veo que recibiste mi invitación —continuó Jasmine—: No pensé que realmente fueras a venir.

— ¿Invitación? ¿A mí? —dije finalmente—. ¿Por qué? Si nadie sabe que…

— “Si nadie sabe que yo pinto” ¿Verdad?

Ella completó mi frase.

¿Cómo lo sabía?

— ¿Quién eres? —pregunté asustado mientras retrocedía.

Ella presionó la montura de sus lentes con su dedo índice de la mano izquierda y clavó su tranquila mirada en la mía.

— Ha pasado tanto tiempo —dijo ella con una sincera sonrisa—. Veo que has cambiado mucho desde entonces…

— ¿De… de qué estás hablando? —pregunté.

— Quizás aparte de lo físico, no te pareces en nada a ese niño alegre y burgués.

Antes de que yo volviera a preguntar ella siguió hablando:

— Eres alguien demasiado talentoso para la pintura, uno de los mejores pintores que he visto en persona. He sido testigo de tu habilidad artística, cuando sujetas el pincel y lo mueves con tanta maestría sobre el lienzo, ah… es tan hermoso —expresó ella mientras abrazaba su pecho conmovida—, hoy en día escasean los pintores que de verdad aman pintar.

— ¡Espera un momento! ¿Acaso me conoces de algún lugar? O tal vez te equivocaste de persona…

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— Non! —exclamó Jasmine negando con la mano—. ¡Tú eres ese artista que necesitaba conocer! Una vez Liseth, la chica que recién salió del salón, me habló de ti. En el momento que ella mencionó tu nombre yo me quedé en shock. Repentinamente desapareciste, me preocupé mucho por no volver a ser capaz de admirar tus obras de arte y no hace mucho de improviso me enteré que estudiabas en la misma escuela que yo ¡Definitivamente esto es obra del destino!

Sus dramáticos movimientos le hacían parecer más una actriz que pintora.

¿De dónde ella me conocía? Nunca escuché de su nombre en ninguna parte, tampoco me parecía haberla visto antes de entrar en esta escuela.

— ¿Dónde me conociste? —inquirí otra vez—. Yo no recuerdo haberte visto antes.

— Uhm —ella colocó una mano en su mejilla sin dejar de sonreírme—. Cierto, la verdad es que tú no me conoces pero yo a ti sí.

— Ah…

— Pero —la chica de lentes continuó hablando—, al parecer a Liseth si debes de conocerla, me habló de ti como si fueras algún familiar para ella…

— ¿Liseth? No entiendo… —me estaba confundiendo cada vez más—. A ella no la conozco y tampoco es que fuéramos amigos ni nada parecido.

Jasmine abrió los ojos levemente sorprendida y luego de murmurar “Ya veo” sonrió
maliciosamente.

— Así que no la conoces… —musitó ella—. Uhm, no, estoy segura que debes conocerla, ella ha estado más cerca de lo que crees. Posiblemente le hiciste algo muy malo y por eso no quieras recordarla.

Puse mis manos en mi cabeza conmocionado. Definitivamente no conocía a Liseth de ninguna parte.

Sin embargo si hay una posibilidad de que sea así, esa sería… Liseth es mi… ¡No, no puede ser! Entonces…

— Pareces muy confundido —declaró Jasmine acercando peligrosamente su rostro al mío—. Demasiado confundido diría yo.

Al ver que ella se me acercaba tan repentinamente, retrocedí una vez más y casi perdí el equilibrio de no ser por un pequeño banco de madera que tenía detrás, en el cual caí sentado. Suspiré mientras me rascaba la cabeza.

Jasmine me siguió observando con una amplia sonrisa en su rostro, parecía estar disfrutando de mi confusión.

— De verdad no lo entiendo —dije tratando de recomponerme—, primero me dices que me conoces de cuando era un niño pero yo no a ti, luego de que Liseth también me conoce y que parece ser alguien cercana a mí. Dime, ¿A qué te refieres con una invitación?

— Quiero que seas parte del club de pintura —contestó ella con las manos en la cintura.

— ¿EH?

— Y por lo que tus gestos me han demostrado, es que también estás intrigado por saber cómo es que nosotras te conocemos ¿Me equivoco?

— …

— Pues si quieres que responda a todas tus preguntas —Jasmine entendió mi silencio como una respuesta afirmativa—, entonces sé un miembro del club.

Me levanté súbitamente molesto por su propuesta.

— Me niego a aceptar esa clase de invitación —dije.

— ¿Eh? ¿Qué tiene de malo? —Jasmine se mantuvo tranquila—. Ser miembro de un club de pintura es lo mejor que podría hacer un estudiante artista como tú ¿Sigues pintando, no?

— Ese no es el punto, te quieres aprovechar de mi confusión solo para meterme a este club, ¿qué estás planeando?

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— Si lo quieres saber —los cristales de sus lentes reflejaron la luz del sol—, solo necesitas aceptar mi invitación.

El silencio se hizo presente. Jasmine me observaba de una forma tan tranquila que hasta llegaba a inquietarme.

¿Ser un miembro del club de pintura?

Ella estaba ocultando las respuestas que se formaban en mi cabeza y solo soltaría esa información cuando yo aceptara su invitación.

Pero entonces recordé el memento mori. Si pasara tiempo con ellas tarde o temprano se darían cuenta de mi condición y peor aún, si yo llegara a tener contacto con la piel… sería realmente una molestia.

— Me largo —expresé mientras salía del salón.

De todas formas no me sentiría cómodo ahí, no necesitaba amigos, solo a Layla.

— Cuando éramos niñas —musitó Jasmine con una mano en su cadera—, tanto Liseth como yo fuimos inspiradas por ti para adentrarnos en el maravilloso mundo de la pintura.

Ella estaba haciendo un buen trabajo para dejarme más intrigado con cada palabra que salía de sus labios rosados. Aun así, no pensaba ceder ante ella, ya no quería saber del pasado.

Mientras caminaba por el corredor, la voz de Jasmine llegó a alcanzarme:

— No te preocupes, no es necesario que aceptes ahora, de todas formas tarde o temprano lo harás.

¿Cómo podía estar tan segura?

Arrugué la hoja de papel y lo arrojé al primer cesto de basura que me encontré.

En el camino me topé nuevamente con Liseth. Cruzamos miradas en silencio. Definitivamente no tenía idea de dónde podría haberla visto que no fuera en la escuela.

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¿Por qué ella también me conoce?

— Más te vale que no te unas al club —proclamó Liseth en tono desafiante.

— ¿Eh?

Pasaron algunos segundos antes de que ella reanudara su caminar. El sonido de sus pasos se alejó y luego solo quedó el silencio.

Demasiadas preguntas, pocas respuestas.

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