The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 3: El Gato Negro

Parte 3

 

 

Me sorprendí en la mañana cuando vi que Layla se había despertado antes que yo. Ella trapeaba el piso alegremente e incluso parecía estar bailando.

Me quedé tan pasmado que no pude pronunciar palabra alguna.

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— ¡Ah! ¡Buenos días! —su enérgica voz resonó.

— Buenos… días —dije finalmente—. Te despertaste temprano…

El cambio de humor de la chica me intrigaba.

— Oye, no creas que no estoy agradecida por tu ayuda —declaró inflando graciosamente sus mejillas, quería parecer ofendida pero en realidad tenía una expresión muy tierna.

— Ese olor… —expresé—. No me digas que…

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— Je, je, je —ella colocó sus manos en la cintura mientras declaraba orgullosa—: Estoy preparando el desayuno.

— Así que sabes cocinar.

El olor que desprendía la sartén me era muy conocido. Layla estaba friendo algunos trozos de tocino.

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— Bueno, tampoco es algo por lo que sorprenderse —continué.

Seguramente ese fue un golpe bajo para el orgullo de Layla.

— ¡Qué malo eres! —murmuró ella—. Me levanté temprano para ayudarte con los quehaceres…

— Layla —interrumpí—. Huele a quemado.

— ¡Wuaah!

Layla entre lágrimas desesperadamente apagó la estufa, pero fue en vano, los trozos de tocino ya estaban carbonizados.

***

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Dos horas y media después. Salí de mi casa junto a Layla. Yo vestía unos jeans rotos negros, zapatos tenis y una camisa blanca manga larga. Ella se puso el vestido verde que ahora relucía tan fresco y alegre, también calzaba unos zapatos del mismo estilo que los míos, era una singular combinación.

Yo llevaba al hombro un bolso grande que contenía el microondas descompuesto, no era muy pesado pero sería una molestia estar cargándolo durante mucho tiempo.

— Buscaremos un taxi —dije—, iremos a la tienda a dejar el microondas y luego daremos una vuelta por la ciudad.

Layla sujetó con fuerza sus manos como si tuviera un sentimiento reprimido.

— ¿Qué pasa? ¿No quieres salir?

Ella negó con la cabeza, su cabello rubio se meció de derecha a izquierda.

— Vamos —dijo la chica sonriendo.

Esperamos pacientemente en la acera hasta que apareció el primer taxi. Media hora más tarde, los dos nos bajamos del auto cuando llegamos al distrito comercial.

Tal como lo había dicho, en el lugar había una gran afluencia de personas que caminaban en distintas direcciones con bolsas en las manos, la mayoría iba con el rostro serio y otros conversaban. El ruido de los automóviles en las calles se mezclaba con el continuo murmuro de la gente.

Los anuncios publicitarios abundaban en las esquinas y las tiendas ofertaban sus productos con vistosos letreros en las fachadas.

Todo era tan llamativo y ruidoso, un lugar completamente diferente al silencioso vecindario donde yo vivía.

Layla sintió las miradas inquisitivas de las personas en ella. La chica agarró tímidamente una de las mangas de mi camisa. Desconcertado le pregunté:

— ¿Qué tienes?

— Hay muchas personas —contestó ella siguiendo tímidamente mis pasos.

— Te lo dije, de todos modos estamos en el distrito comercial ¿Le tienes miedo a la gente?

— No… No es eso. Es una sensación extraña… Todos me están viendo…

Eres atractiva, no pareces alguien que disfrute pasar desapercibida.

Más tarde, habíamos llegado a nuestro destino.

Entré a la tienda, detrás de mí Layla me seguía muy de cerca los pasos como una niña que caminaba detrás de su padre. No tardamos en salir del establecimiento dejando el electrodoméstico en manos del técnico encargado.

***

 

 

Vi la hora reflejada en la pantalla de mi celular, eran las once y media de la mañana. Habíamos caminado por todo el distrito observando a todos lados —especialmente Layla— en busca de algún volante de “desaparecido” con la fotografía de la chica rubia. No tuvimos éxito en nuestro cometido.

El radiante sol se mostraba imponente en el cielo despejado. Eran días muy calurosos, antes de llover.

— De casualidad, ¿ningún lugar te parece conocido? —pregunté.

— No.

Layla negó sin ningún sentimiento de duda en su respuesta. Ella se miraba más relajada que cuando llegó, rápidamente se acostumbró al bullicio de la ciudad y con mucha curiosidad inspeccionaba su alrededor.

Si ella estuviera comparando el lugar con el vecindario donde yo vivo, seguramente todo le parecería tan colorido y lleno de vida. Al principio la mirada de la gente le causaba temor, pero ahora reaccionaba diferente, incluso algunas personas le sonrieron cuando cruzaron miradas con ella y Layla correspondió con una amplia sonrisa y un “¡Hola!”.

— Ya veo —dije—, sigues con amnesia y no parece que nadie te ha reconocido.

En ese momento, me quité los guantes y los guardé en un bolsillo de mi pantalón. Estaba haciendo calor y mis manos se encontraban sudorosas. Me pasé las manos por el pantalón para secármelas.

— Qué calor hace —expresó Layla respirando por la boca.

Casualmente frente a nosotros pasaba un puesto ambulante de helados. Noté que ella estaba cansada, entonces propuse:

— ¿Quieres un helado?

— ¿Helado?

— Sí, He-la-do ¿sí sabes qué shoon veshrrdaad? —Layla había presionado con una mano mis labios imposibilitándome de hablar claramente.

— No te pases —dijo entrecerrando los ojos—, soy amnésica, no una tonta.

— Bien, compraré dos —declaré alejando su mano de mi rostro—. ¿De qué sabor te gustaría?

— Uhm… Este… Me gustaría el de fresa.

Inconscientemente enarqué las cejas ligeramente sorprendido. Entonces varios recuerdos fluyeron en mi mente.

Mi mirada se perdió en la nada recordando aquella tarde…

«— ¿De qué sabor te gustaría tu helado, Erick?»

«— Ch- chocolate…»

«— ¡Entendido! Entonces serán dos de chocolate y uno… de fresa».

— ¿Erick? ¿Estás llorando?

La pregunta de Layla me hizo regresar a la realidad. Inmediatamente me restregué los ojos.

— No, cómo crees, solo estaba sudando por los ojos —dije con un tono sarcástico mientras me dirigía al puesto de helados.

— Ja, ja, qué graciosito —Layla con rostro serio me siguió.

En el centro del distrito comercial de la ciudad se encontraba un pequeño parque. Ahí Layla y yo nos sentamos en una banca para comer nuestros respectivos helados. Yo comía lentamente mi helado de chocolate mientras que Layla devoraba su helado de fresa.

— ¡Wuaah! ¡Mi cabeza! —dijo ella sujetándose con una mano su frente haciendo una expresión muy graciosa que casi me hizo reír—. ¡Se me congela! ¡AH! —Layla parecía estar disfrutando la sensación de congelamiento en su cerebro.

— ¿Qué es lo que esperabas? Si te pones a comer el helado tan rápido…

Ella me ignoró y se terminó rápidamente su helado.

— ¡Uhm! ¡Ja, ja, ja! ¡Mi cerebro! —expresó ella alegremente mientras sacudía los pies. Layla parecía estar mostrando una faceta muy infantil de su personalidad.

Después de comer helados, seguimos sentados en la banca bajo la sombra de un frondoso árbol cuyas hojas verdes estaban adquiriendo un tono amarillento. Nos quedamos en silencio observando a la gente pasar. No emitimos palabra alguna y descansamos durante diez minutos. Luego seguimos caminando por el distrito comercial, esta vez Layla caminaba delante de mí y exclamaba emocionada por lo que veía.

— ¡Wooooow! ¡Mira Erick! ¡Vamos a ese lugar! ¡Oh! ¡No, mejor vamos allá! Ah… No
puedo decidirme.

— Oye, no te aproveches de mi buena voluntad…

— ¡Ya sé! ¡Vayamos a donde vendan comida!

— ¿Siquiera me estás escuchando?

Ella solo me arrastró del brazo guiada por su olfato. Sí que era una chica problemática, pero no opuse resistencia.

***

 

 

Era la una en punto de la tarde, salí del establecimiento donde repararon el microondas. El sol casualmente se ocultaba entre algunas nubes.

A excepción de la escuela, para mí ésta era la primera vez desde hace mucho tiempo que salía de la casa durante un lapso prolongado. No me imaginaba estar en una situación similar y menos aún acompañado de una alegre y bella chica rubia.

¿Acaso esto fue una cita?

A pesar de no haber logrado conseguir alguna pista que ayudara a aclarar la situación de Layla, no sentí que desperdicié el tiempo, es más, hasta creo haberlo disfrutado. Mientras tanto la chica no dejaba de sonreír, descubrió muchas cosas que antes no había visto —o simplemente había olvidado—, parecía estar feliz pero si me esforzaba por descubrir sus verdaderos sentimientos a través de sus ojos color carmesí, notaría que ella estaba profundamente decepcionada.

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***

 

 

Cinco días después.

— ¿Y cómo te fue hoy en la escuela? —preguntó la chica rubia caminando a mi lado.

— Uhm… Sin novedades.

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— ¿Ah sí? —ella entrecerró los ojos—, ¿y qué más?

Hubo un breve momento de silencio.

— ¿Sin novedades? ¿Solo eso? —preguntó nuevamente Layla con una expresión de insatisfacción.

— ¿Qué más quieres que te diga? —contesté—. Me fue normal, eso es todo.

Ambos entramos a mi casa y Layla siguió insistiendo:

— No puedes contestarme solo “Sin novedades”, deberías haber dicho algo como: “Me dejaron mucha tarea”, “Estuvo aburrido y el profesor se miraba algo diferente” o algo por el estilo, no solo “Sin novedades”. Me esperaba que dijeras “Soy muy genial y misterioso para hablar con los…” ¡Ay! ¡Ay! ¡Mi cachete! ¡Mi cachete! ¡No lo estireees!

— Qué ruidosa eres —cuando empezó a imitar mi voz y hacer una pose extraña con la mano en su cara se ganó su castigo. Sin embargo ella tomó la ofensiva—. Pero qué… Osheee deshtenteeee —Layla me estaba presionando fuertemente los labios.

— ¡Ay! ¡Deja mi mejilla entonces!

— Jodisshaa loca —no tuve más remedio que dejar su mejilla en paz.

— ¡Ja, ja, ja! ¡Ay! Mi mejilla ja, ja, ja, duele… —Layla estaba acompañando su repentino ataque de risa con quejidos—. Parecías un pez, ja, ja, ja, ay, ay…

— Ah, ya… —musité desinteresadamente mientras arrojaba la mochila en un sofá.

— ¿Y entonces? —inquirió ella de buen humor sobando su mejilla enrojecida.

Qué insistente.

— No hay nada más que decir.

Layla suspiró resignada y luego continuó:

— ¿Qué hay de tus amigos? ¿Al menos te llevas bien con ellos?

— No tengo amigos.

Después de esa respuesta Layla no siguió insistiendo.

***

 

 

Seis días después.

— Ah, qué sorpresa ¿saliste temprano? —preguntó la chica rubia.

— Sí —contesté agachándome para acariciar al gato.

Hasta hace poco el felino se encontraba bebiendo un poco de leche en un plato que Layla le había traído, ella era muy atenta con el gato.

— Vaya, parece que tienes hambre —dije luego de escuchar su maullido.

— ¿¡Eh!? ¡Pero si mi estómago no sonó!

— Le hablaba al gato…

Layla se sonrojó.

***

 

 

Dos días después.

Layla caminaba a mi lado hacia la casa.

— Es una lástima que hoy no viniera el gatito a jugar —expresó ella desilusionada.

— Tienes razón —asentí.

— ¿Te gustaría adoptarlo?

— No.

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— Uh… Sabes, deberíamos al menos ponerle un nombre, ¿no crees?

— Si tú lo dices…

— ¡Sí! ¿Qué nombre le podríamos poner?

— No sé —contesté indeciso—. Elige tú el nombre.

— Uhm… A ver, qué tal si lo llamamos… uhm… bueno, me gusta el lunar con forma de luna en su frente… parece como si el gatito tuviera algún poder mágico ja, ja, ja… por eso debería tener un nombre genial… Uhh… —Layla golpeaba ligeramente su sien como si tratara de recordar—. ¡Ya sé! ¿Qué te parece Chomosuke?

— ¿Chomo-qué? ¿De dónde sacaste un nombre tan tonto?

— ¡Oye, no es tonto! Solo estaba pensando en un gato negro con poderes y ese nombre apareció en mi mente…

— … —sin saber qué responder pensé acerca del pasado que ella no recordaba.

¿Qué clase de vida tenía Layla?

***

 

 

Pasaron cuatro días. En la puerta de mi casa se encontraba Layla recostada y abrazando sus piernas.

— Ah, Erick —dijo ella—. Por fin llegaste, me estaba aburriendo. El gatito hoy tampoco vino a jugar…

— Uhm… Ni modo —dije inexpresivamente y con el bolso de la escuela en el hombro.

— ¿Eh? ¿Ni modo? ¿No estás preocupado?

Ladeé mi cabeza pensativo y evadiendo la pregunta dije:

— No me digas que te encariñaste con el gato…

— ¿¡Por qué no habría de hacerlo!? Es tan lindo y muy juguetón, sería raro que no me encariñara de él, tengo tantas ganas de verlo todos los días.

***

 

 

Al día siguiente.

— Así que hoy tampoco vino —musité al ver a Layla sola en el lugar donde solíamos encontrarnos con el gato.

Ella afirmó con una triste expresión en su rostro.

La ropa de Layla era diferente, ahora tenía un vestido blanco, un sombrero de paja y unas sandalias. Para evitarme la molestia de estarle prestando ropa a Layla, hace dos días fui con ella a comprarle ropa en una pequeña tienda que ofrecía prendas de segunda mano.

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Suspiré y seguí mi camino.

— ¿Vienes, o te quedarás ahí? —pregunté.

— Ah… Ya voy…

Ella arrastraba los pasos.

El gato no volvió a aparecer.

«¿Qué le habrá pasado al gato?» me cuestioné observando las nubes avanzar por el cielo anaranjado. No quería aceptar que estaba igual de triste por la desaparición del animal. «Tal vez sí debí adoptarlo» me dije a mí mismo y entonces giré la vista hacia atrás.

Allí estaba Layla. Entonces un terrible pensamiento cruzó por mi mente:

«Si ella también desaparece…»

— Layla —dije sin dejar de caminar.

— ¿Qué? —preguntó ella con una triste voz.

— He estado pensando… que sería tiempo de darte una copia de las llaves de mi casa.

La chica se quedó quieta y sin habla por lo que escuchó. Sus ojos parecían brillar de pura felicidad, un sentimiento que borró cualquier rastro de la tristeza que hasta hace poco la aquejaba.

***

 

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Una semana después.

—¡Ah! Erick, buenos días~—saludó la chica alegre mientras trapeaba el piso vigorosamente—. El desayuno ya está listo.

— Veo que ya no dejas que las cosas se quemen —expresé dirigiéndome a la cocina.

— Ju, ju, ju, es solo cuestión de práctica —dijo Layla orgullosa con las manos en las caderas.

En las mañanas, la chica daba la impresión de ser una empleada, al parecer tomó esta postura en agradecimiento por mi hospitalidad.

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Al final resultó ser una chica agradecida.

— Vamos, ve a desayunar —dijo ella—. No vayas a llegar tarde a la escuela.

La chica rubia desistió de seguir buscando al gato.

Es triste ver que no tuve la oportunidad de haberme despedido otra vez.

Primero mi amiga y ahora… el gato negro.

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