The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 3: El Gato Negro

Parte 1

 

 

— Erick, está duro…

— No te quejes —dijo el chico—, solo disfrútalo.

— Bueno, está rico y todo eso, pero…

— ¡Ya deja de jugar con la comida!

— ¡Al menos debiste haberlo calentado! ¡Mira esta bola de arroz! —exclamé enterrando el tenedor en el plato—. ¡Parece una piedra!

— Ya deja de quejarte. No queda de otra —dijo Erick mostrándose tranquilo—, el microondas se descompuso y no ando con ganas de ir a la cocina, menos aún con este clima.

— Mmm… te darán ganas si te lanzo esta bola… —murmuré observando lo que quedaba en mi plato de comida: bolas de arroz congelado, frijoles rojos y un pedazo de pollo frito con algunos vegetales—. Supongo que no tengo otra opción.

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— En fin… Menos mal no olvidaste cómo usar una lavadora —comentó Erick cambiando de tema luego de haber terminado su plato de comida semicongelada.

Después de haber tomado un baño con agua caliente, me vestí con la ropa que Erick me había prestado: Una camiseta blanca holgada y un short deportivo rojo. Luego del baño mi cuerpo no presentaba ningún indicio de que me encontrara vagando en la calle abandonada. Mis pies seguían suaves e intactos al igual que toda mi blanca piel.

— Y menos mal que tú no me espiaste mientras me bañaba —refunfuñé.

— Después de dejarte quedar en mi casa, prestarte mi ropa y darte parte de mi comida, ¿aún sigues pensando mal de mí? —preguntó el chico ligeramente molesto—. Vaya chica…

Tres horas después.

Los dos nos encontrábamos en la sala. Erick revisaba su celular mientras tanto yo miraba inquieta hacia todos lados. Seguía lloviendo a raudales.

El aspecto de la casa era común, pero daba la sensación de que nadie habitara ahí. No había fotos colgadas en la pared ni en ningún sitio, los rincones tenían telarañas, varias revistas y cuadernos se encontraban regados por el suelo.

Aparte de la lluvia no se escuchaba nada más.

Sentada formalmente en el sofá me mostraba cada vez más inquieta. La falta de conversación y la sensación de abandono que emanaba el ambiente dentro de la casa eran abrumadoras para mí.

— Oye… ¿Así que me dejarás dormir en tu casa? —pregunté tímidamente—. ¿No me harás nada raro verdad?

Ya que mi ropa estaba empapada y manchada de lodo —incluyendo la ropa interior— tuve que lavarla y tenderla dentro de la casa fuera de la vista de Erick. Me daba vergüenza que él viera mi ropa interior tendida y más vergüenza tenía al estar despojada de mis prendas. La fresca y húmeda brisa que entraba por el pequeño patio de la casa llegó hasta rozar mis partes íntimas. Era una sensación extraña. Me sentía muy indefensa.

— ¿Acaso piensas que soy un pervertido? Ah, no respondas… —dijo Erick colocándose una mano en la cara.

Orgullosamente puedo decir que mis senos estaban bien formados, sin necesidad de un sostén éstos se mantenían firmes, sin embargo evitaba moverme con brusquedad. Era tal mi paranoia que hasta sentí a veces la mirada del dueño de la casa clavándose en mi indefenso cuerpo con mayor curiosidad que antes.

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No podía confiarme de él, pero quería hacerlo.

— Si quieres, puedes dormir afuera —continuó el chico—, por mí no hay problema.

— ¿¡Ah!? ¿Afuera?

Erick miró de reojo interesado en mi reacción.

— ¿De qué te sorprendes? —dijo él—. Ya tienes tiempo de estar durmiendo en la calle.

— Yo sé… pero… me sorprendió lo frío que eres conmigo a pesar de que me has salvado de morir… ¡Además está lloviendo!

— Pues te aguantas —el chico apagó la pantalla de su celular, después estiró los brazos y piernas—. Y exactamente te he salvado dos veces —continuó al mismo tiempo que se levantaba de su asiento—. No es que sea frío contigo, es solamente que no es mi obligación cuidar de ti—el chico caminó hasta su habitación.

«Pero de alguna manera siento que debo hacerlo» agregó Erick en voz baja y entró a su dormitorio, al cabo de cinco minutos salió con una sábana en la mano. Arrojó la sábana hacia mi cara que en medio de la sorpresa no pude evitarlo.

— ¡Oye! ¿¡Cuál es tu manía de estar tirándome las cosas!? —inquirí fastidiada quitándome la sábana de la cabeza.

Erick ignoró mi pregunta y apagando algunas luces de la casa dijo:

— Son las diez y media. Es hora de dormir. Puedes quedarte en el sofá, supongo que no tienes quejas al respecto.

Asentí con la cabeza en silencio evitando mirarlo a la cara.

— Bien, ya mañana veremos qué hacer —declaró Erick apagando la luz de la sala, acto seguido se fue a su dormitorio bostezando en el camino.

— Buenas noches… —mi voz se escuchó débilmente entre las oscuridad y el ruido de la incesante lluvia.

Restregándome los ojos y con un largo —y ruidoso— bostezo, me levanté al percibir un agradable aroma. Encima de una pequeña mesa situada frente al sofá se encontraba un plato que contenía un huevo frito estrellado, dos trozos de tocino, tres bollos de pan y al lado, una taza de café negro aún humeante.

Sorprendida abrí los ojos y la boca al mismo tiempo que suspiraba en señal de asombro, luego giré la vista a la derecha donde estaba la cocina, ahí en una mesa en el centro Erick desayunaba tranquilamente.

— ¡Ah! ¡Delicioso! —exclamé conmovida mientras masticaba un pedazo de tocino.

— Así que al fin despertaste —dijo Erick terminando su desayuno.

— Esto es totalmente diferente a la “cena” de ayer —expresé, luego hundí un trozo de pan en la yema del huevo.

— ¿Por qué suenas sorprendida?

— Es que no me dabas la impresión de alguien que cocine.

— No te equivocas del todo —asintió él—, no me gusta cocinar, es más, solo sé hacer cosas básicas, lo suficiente como para poder vivir solo.

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— Je… qué lamentable.

— Mira quién habla, “loca de los gatos”.

— ¡Juum! —me limité a no responder su provocación—. Oye… ¿En serio vives solo?

— Más o menos. Como sea, no es el momento para preguntas. Termina cuanto antes, tengo que ir a clases.

Asentí felizmente y seguí comiendo.

— ¡Ah! ¡Amargo! —dije al dar un sorbo a la taza de café.

Media hora más tarde. Erick cerraba con llave la puerta de su casa, a su lado me encontraba vestida con la misma camiseta blanca y el short rojo, además estaba calzando unas sandalias de Erick.

— Por lo menos debiste darme tiempo para cambiarme —dije con una mirada de vergüenza.

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— Es tu culpa por levantarte tan tarde. Descuida, no te miras mal, por lo menos pareces como alguien que dará un paseo matutino por su vecindario. Además tu vestido todavía no se ha secado.

Por fortuna, mi ropa interior sí se había secado. La fresca sensación de libertad por no usar sostén o bragas solo debía ser reservada para la intimidad.

El ambiente era húmedo y el cielo se estaba despejando.

— Está bien… —acepté y luego pregunté observando las manos de Erick—: ¿Por qué estás usando guantes?

Erick se quedó inmóvil durante algunos segundos. Me dio la impresión de que el chico estaba pensando en alguna excusa para contestar:

— No es de tu incumbencia.

O más bien fue directo al punto, negándose a responder.

Entrecerré mis ojos e inflé ligeramente mis mejillas en señal de desconfianza. Ya me esperaba ese tipo de respuesta, por más que le insistiera, dudo que me fuera a responder.

— Qué sospechoso —expresé.

— Lo que tú digas —Erick comenzó a caminar—, nos vemos en la tarde.

— ¡Eh! ¡Espera! ¿¡Hasta la tarde!?

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— Sí —el chico se giró—, hoy salgo a las dos y media de la escuela… ¡Ah! —detuvo el paso y exclamó con un ademán de como si recordara algo—. Cierto, tal vez tengas hambre al mediodía, supongo que puedo darte algo de dinero para que… —Erick sacó un billete mirando atentamente mi reacción.

¿Con que te gusta provocarme, eh?

— ¡No- no importa! Estaré bien… —mi voz sonó muy decidida.

— ¿Segura? —él alzó una ceja decepcionado.

— Sí —asentí y luego caminé por la acera—. Buscaré al gato y jugaré con él mientras te espero.

Yo quería evitar hablar con las personas.

Erick se fue luego de haber contestado “Lo que tú digas” y yo seguí caminando con pasos indecisos en busca del gato negro.

***

 

 

Otro día escolar había terminado para Erick. Se acercaba caminando tranquilamente con el bolso en el hombro, sin mostrar sorpresa me miró y después observó al gato negro con el que jugaba.

La escena era similar a las ocasiones en que nosotros nos encontrábamos gracias a la presencia del felino. Esta vez sonreí ligeramente y levanté el gato a la altura de Erick.

— Miau —dije—. Mira, te está saludando, je, je.

El chico con expresión neutra sujetó al gato y éste maulló. Erick observó con detenimiento el lunar blanco del felino, luego lo bajó.

— Hoy te miras emocionada —dijo él.

Dejé escapar un “¿¡Wuaah!?” exaltada y aclarándome la garganta respondí:

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— ¿Acaso no puedo estar feliz? Me gustan los animales y me hace feliz jugar con ellos —puse una expresión de leve enfado—, en cambio tú te miras igual de amargado.

Erick resopló con la nariz y se dispuso a mimar al gato pero antes se había quitado los guantes que solía usar.

— Sí que eres raro —comenté—, ¿no tienes nada de extraño con tus manos verdad? ¿Para qué los usas? ¿Por qué razón te los quitas solo para tocar al gato?

— No hagas tantas preguntas. A él no le gusta que lo toque si tengo los guantes puestos, es solo eso.

— ¿Ah sí? ¿Y si las personas alrededor de ti también se sintieran incómodos? Por ejemplo al estrechar las manos…

— No me importaría —dijo él y luego agregó susurrando—: Pero contigo no tengo necesidad de usarlos…

— ¿Perdón?

¿No tiene necesidad de usarlos? ¿A qué se refiere?

— Nada.

El chico sacó una bolsa de panes dulces, la abrió y el olor llegó directo a mi nariz y la del gato. Él puso un bollo en el suelo, después sacó otro y empezó a comérselo.

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Repentinamente mi estómago gruñó avergonzándome completamente.

— Ahh… Por qué solo cuando vienes me empieza a dar hambre…

— Tú también eres rara —Erick sacó otra bolsa de panes y me lo arrojó.

Con agilidad felina cogí la bolsa en el aire.

— ¿Eh? ¿Compraste una bolsa para mí? —pregunté asombrada por este amable gesto.

— Sí. Disfrútalo.

— Je, qué sorpresa.

— ¿Y bien? —inquirió el chico.

— ¿Qué?

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— ¿No me lo vas a agradecer?

— ¡Ah! Este… Gracias —dije en voz baja.

El chico sonrió ligeramente en señal de satisfacción. Gesto que intentó ocultarlo desviando la mirada.

Una fría corriente de viento meció su cabello oscuro y desarreglado.

Él se levantó y caminó hacia su casa, yo le seguí de cerca no sin antes haberme despedido del gato negro.

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