The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 2: Layla

Parte 4

 

 

Desde que mis padres murieron, cada vez que me despertaba lo primero que pensaba era en ellos, deseaba que ese hecho trágico fuera tan solo una pesadilla la cual se esfumara en las mañanas cuando me encontrara con mis padres en la mesa del desayuno. No obstante, poco a poco iba perdiendo la esperanza de que eso sucediera.

Me estrellé de cara contra una pared llamada “Realidad”.

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Recuerdo que en esa época mis padres aparecían fugazmente como espejismos en los rincones de la mansión. Me iba olvidando de ellos, ya que con solo recordarlos era suficiente para derrumbarme emocionalmente y entonces lloraba hasta más no poder.

El olvidarme de mis padres era la solución que encontré para afrontar sus muertes, pero pronto me di cuenta de que no era lo correcto. Cuando abrí mi corazón y hablé de mis problemas con aquella melancólica niña que se la pasaba jugando conmigo en las tardes lo comprendí.

Ahora, su recuerdo también me resultaba doloroso.

Esa vez… supliqué desesperado para que ella abriera los ojos, pero su cuerpo seguía inmóvil después de que la golpeé con el bate.

Perdóname…

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No pude despedirme de ella y ahora tampoco tenía la oportunidad de pedirle perdón. Nunca le quise hacer daño.

***

 

 

En una sombría habitación de mi casa me encontraba sumido en pensamientos de un cercano —pero a la vez lejano— pasado mientras trataba de pintar.

Mi mano no se movía frente al lienzo.

A lo largo de los años seguí con mi pasatiempo de pintar, pero ahora mis obras representaban las diferentes muertes que había experimentado. Encontré en este inocente pasatiempo la manera de alejar mi mente de tales visiones, o mejor dicho pesadillas. Mi arte había sido convertido en algo grotesco.

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Ser atropellado, envenenado, lanzarse de algún edificio, morir con el cráneo perforado, ser asfixiado, ahogado en medio del mar, ser mutilado atrozmente, con la carótida cortada… Nunca me imaginé que muchas personas tan pacíficas —al menos en apariencia— pudieran morir de formas espantosas. Costaba tanto morir de forma natural…

Blanco.

Si cada cuadro estaba inspirado en mis visiones, ¿eso haría de este lienzo en blanco una obra terminada?

Desde que conocí a esa chica no he dejado de preguntarme por qué no podía ver su muerte. No encontraba la respuesta por más qué lo intentara.

Empecé a jugar ociosamente con el pincel en mis manos mientras reflexionaba sobre mis encuentros casuales con esa chica llamada Layla.

Layla… Layla… Es un lindo nombre.

Con la misma ropa de la primera vez que la vi se encontraba jugando con el gato negro, sonreía alegremente cuando lo hacía, como si no tuviera preocupaciones. Esa escena me hizo sentir nostálgico. Era la misma tierna expresión que rara vez mostraba mi melancólica amiga de la infancia.

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El gato notó mi presencia y saltando de los brazos de la chica rubia corrió hacia mí al mismo tiempo que maullaba.

— ¿¡EH!? Eres…

La alegre expresión de Layla pasó a ser una de asombro fundida en una leve molestia.

Chasqueé los dientes. Mi amiga era menos ruidosa que ella.

Si no fuera por el gato, dudo que me quedara mucho tiempo afuera y menos con la compañía de esa chica problemática.

Después de darle un pan dulce al gato, el resto se lo di a Layla luego de escuchar a su estómago rugir. No me extrañaba que tuviera hambre, claramente se notaba que ella se la había pasado en la calle durante todo este tiempo.

El memento mori no funcionaba en ella. Eso es lo que pensé cuando en una ocasión la toqué nuevamente. El molesto chirrido no llegó a mis oídos.

Supongo que simplemente podría tocar a otra persona para saber qué sucedía y así sacarme de dudas acerca de mi maldición, pero me provocaba terror hacerlo.

Nuestros encuentros casuales tenían como eje central al gato negro. Yo siempre le traía un pan dulce y el resto se lo daba a Layla, intercambiábamos algunas palabras y luego me iba. Esto se repetía cada vez que nos encontrábamos. El gato se mostraba orgulloso de ser el centro de atención ya que ahora era mimado el doble.

Los días pasaron y ella se mostraba menos alegre cuando jugaba con el animal. Seguramente estar sola en la calle sin comer nada más aparte de panes dulces tarde o temprano le tenía que pasar factura. Le había dicho que no podía seguir estando en la calle, pero tan solo asintió respondiendo que ya lo sabía.

Hoy en la tarde encontré a Layla recostada en un poste, el gato no estaba. La chica parecía estar durmiendo —o eso era lo que pensaba— y como el gato no aparecía no tenía motivos para estar en el lugar. Saqué la bolsa de panes dulces y lo coloqué en el regazo de la chica, después me fui.

El eco de un trueno me sacó de mis pensamientos.

Coloqué el pincel en la mesa y salí de la habitación donde solía pintar, en aquel cuarto perdía la noción del tiempo.

Eran las seis y media de la tarde, encendí las luces de la pequeña sala y me fijé por la ventana. Estaba lloviendo y tronaba constantemente.

— Qué frío —dije en voz baja.

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Abrí el refrigerador y saqué una bolsa de bebida de “leche con chocolate” en polvo, lo vertí en un vaso con agua y lo metí en el microondas.

Apreté el botón “3” y esperé a ver que el vaso empezara a girar, sin embargo el vaso no giró. Apreté nuevamente el botón pero nada ocurrió.

— ¿Qué le pasa?

Por instinto iba a golpear el aparato con la esperanza de repararlo pero entonces recordé lo inútil que sería, esto no era una televisión antigua.

Saqué el vaso y lo vacié en el lavavajillas, después desconecté el microondas.

Qué molestia.

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Otra vez me asomé por la ventana. Un sentimiento de intranquilidad me invadió.

Comencé a preocuparme por Layla. Sin un techo o un lugar seguro donde resguardarse, podría poner su vida en peligro con esta lluvia que arreciaba conforme pasaban las horas.

¿Debería ir a buscarla? Es más… ¿por qué me preocupo por ella?

Me rasqué la cabeza indeciso sobre lo que quería hacer. Al principio poco me importaba su vida y sus problemas, sin embargo eventualmente empecé a interesarme en ella.

¿Por qué no puedo ver su muerte? ¿Por qué no recuerda nada de ella? ¿Qué hacía en medio de la calle? ¿Por qué nadie le ha ayudado?

Impulsado por estas preguntas sin respuestas, agarré las llaves y sin ponerme una chaqueta salí a buscarla en medio de la lluvia antes de que el clima empeorara o que a ella le pasara algo peor.

No tardé en encontrarla, ya que se encontraba en el mismo lugar desde que la vi en la tarde.

— Ah… ahh… —atónito trataba de recuperar el aliento observando la escena ante mí.

Los panes dulces estaban regados en el suelo.

— No… no puede ser…

Un cuerpo yacía inerte sobre la acera.

***

 

 

¿Por qué no me di cuenta antes?

Esa mirada apagada, esa expresión melancólica acompañada de una débil voz. Yo, como alguien muy relacionado con la muerte, debí haberme dado cuenta inmediatamente de que ella…

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Coloqué su cuerpo empapado en el sofá. Ella no despertaba. Me encontraba nervioso al ver que Layla no reaccionaba cuando le sacudí el hombro mientras la llamaba por su nombre. No obstante justo cuando empezaba a pensar en lo peor ella lentamente abrió los ojos.

— ¿La- Layla?

Ella súbitamente se levantó respirando profundamente con rapidez, como si estaba siendo asfixiada.

— ¿Ah? ¿Dónde estoy? —preguntó con una mano en su pecho.

Me sentí aliviado. Logré salvarla otra vez, por poco.

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— En mi casa —contesté, luego suspiré relajado—, ¿estás bien?

— ¿Erick? —su respiración iba calmándose—. Creo que sí… Por qué… ¿Por qué me salvaste? ¿No era que… no te importaba lo que me pasara?

Pensé en un momento antes de contestar, su pregunta estaba bien fundamentada.

— Bueno, digamos que entendí un poco sobre tu situación —dije desviando la vista y continué con una vaga respuesta de la que ni yo estaba convencido—: He sido la única persona con quien has hablado así que… me tomó un tiempo entender tu situación… yo estoy apenado por no haberlo notado antes…

Sentí empatía por ella. En parte, me recordaba a mí, un alma abandonada.

Los ojos rojizos de Laya se volvieron vidriosos.

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— Gra- gracias por salvarme… es la primera vez que alguien se preocupa por mí…

— Yo solo sabía cómo te podrías sentir sin tener a nadie en quien apoyarte. Y no es la primera vez que te salvo… si a eso le sumamos los panes que te he comprado y el tiempo que pasamos hablando…

Con lágrimas desbordando en sus ojos, Layla se abalanzó hacía mí.

— ¿¡EH!? ¡Oye! —exclamé nervioso al notar sus brazos rodeando mi cuerpo.

Ella hundió su rostro en mi pecho y rompió en llanto.

— ¡Tenía tanto miedo! —declaró con la voz temblorosa—. ¡Pensé que iba a morir! ¡No quiero ser de nuevo despreciada!

Sus brazos se sujetaron con más fuerza.

«— No tener a alguien para abrazar cuando estás triste te hará sentir solitario y a veces miserable».

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Recordé lo que dijo mi amiga de la infancia en aquella ocasión cuando se ofreció para que la abrazara, esa vez yo me negué a causa del memento mori, pero de verdad yo necesitaba un abrazo.

— ¡No quiero estar sola! —Layla seguía llorando—. ¡No quiero ser ignorada! ¡Es horrible!

¿Ella también cargaba con un terrible pasado?

Layla necesitaba un abrazo y desahogarse, como yo desde hacía mucho tiempo. Rodeé a la chica rubia con mis brazos, sin miedo de que el memento mori se activara.

Nos aferramos el uno al otro, como si tuviéramos miedo de que la otra parte se desvaneciera si nos alejábamos.

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