The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 2: Layla

Parte 3

 

 

— Ella se llama Rosie —dijo la niña melancólica—, ella siempre me acompaña en los momentos tristes.

En ese entonces había pasado dos semanas desde el funeral de mis padres. Estaba triste y desanimado desde entonces.

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— Puedes abrazarla —dijo en voz baja acercándome la muñeca.

Aparté la vista y pregunté:

— ¿En qué me ayudará abrazarla?

— Uh… No tener a alguien para abrazar cuando estás triste te hará sentir solitario y a veces miserable.

— ¿Eh? —mi sorpresa fue sincera. Ella se mostró muy conversadora.

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— Mi mamá decía eso. Y también que si necesitaba llorar, que lo hiciera; si sentía que algo me molestaba, que lo dijera, que no guardara todas mis tristezas y preocupaciones solo para mí. Si quiero que la gente entienda mis sentimientos entonces debo decirles cómo me siento.

— ¿Y acaso tú aplicas eso? —mi asombro aumentó por lo que escuché.

— Sí —afirmó ella—, por eso siempre tengo a Rosie para…

— ¿¡Ah!? Eso no tiene sentido. Es solo una muñeca, ¿de qué sirve que le cuentes tus problemas si ni siquiera te va a responder?

— Pero al menos lo intento —susurró la niña.

— ¿Dijiste algo? Como sea, no abrazaré a una muñeca, eso es muy tonto.

— Mi mamá murió en frente de mí —declaró ella repentinamente.

Me callé desconcertado y ella continuó:

— Vine a esta ciudad con mi papá para que curaran a mi mamá que tenía una enfermedad muy rara en el hospital… Pero ella murió cuando fui a visitarla. Se llamaba Rosie.

Seguí callado al descubrir que su muñeca se llamaba como su madre, entonces la niña dejó la muñeca a un lado y extendió los brazos.

— ¿Qué haces? —pregunté.

— Si es tonto abrazar a una muñeca, entonces puedes abrazarme —dijo la niña sonrojada.

— …

— ¿Qué pasa? —preguntó ella ladeando la cabeza.

— No… No puedo hacerlo.

— ¿Por qué? —sus apagados ojos castaños me miraron.

— No creerás lo que diga. Nadie lo hace…

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— Sí lo haré —dijo ella decididamente—. Confía en mí como yo he confiado en ti, Erick.

— Yo… No puedo tocar la piel de las personas —dije luego de haber reflexionado—. Si lo hago, yo veré la forma en la que morirá.

Los tristes ojos de la niña se abrieron grandes ante mi declaración.

— ¿En serio? —preguntó mi melancólica amiga.

— Así es.

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