The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 2: Layla

Parte 1

 

 

En la escuela donde estudiaba no existía otro estudiante más desconcertante que yo. Rostro inexpresivo, inteligente, asocial, tranquilo, alto, delgado, con una tez más clara de lo normal. Siempre usaba unos guantes negros, mi cabello azul oscuro y desarreglado complementaba mi aspecto descuidado.

Era el objeto de mucho rumores y de bullying en mis primeros días en la escuela. En repetidas ocasiones era golpeado, molestado e insultado; sin embargo, a pesar de todo no me defendía de ninguna manera. Me resentía de los golpes —y de un dolor desconocido para quienes me golpeaban— pero me obligué a no llorar o suplicar. Actuaba raro cuando no tenía los guantes puestos, en voz baja y temblorosa pedía que me los regresaran pero en cambio recibía más golpes y patadas en las horas de receso.

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Era el vivo ejemplo de una miserable persona.

Con el paso del tiempo quienes me hacían bullying se aburrieron de mí. Un día me regresaron los guantes tirándomelos en la cara y se olvidaron de mí gracias al chantaje de una estudiante, eso era lo que decía un rumor…

Desde ese momento yo no era más que un sombrío cadáver andante, o incluso un fantasma que adquiría forma física cuando debía participar en la clase.

— “Sin Ligeia yo era un niño a tientas en la oscuridad…”

Uno por uno los estudiantes leyeron en voz alta.

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— “Sólo su presencia, su conversación…”

El tema de ese día era Literatura Clásica. La voz de los que pasaban a leer desanimados era ahogada por los murmullos en el salón, pero en cuanto me tocó el turno para recitar la funesta obra, todos callaron.

— “Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo estudiaba. Ligeia enfermó…”

— Ah… Que historia tan rara —murmuró una estudiante a mis espaldas—. Va perfecto para ese tipo.

— “… Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado magnífico…”

— Escuché que sus padres murieron en un accidente de tráfico —dijo en voz baja otra estudiante.

— “…. los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba…”

— ¿En serio?

— Sí, y cuando era niño casi mata a su tío.

— “… Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo…”

— Eh, está loco.

— Es mejor que no te le acerques.

— “… la intensidad de su salvaje deseo de vivir, de solo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura.”

— ¿Y si solo está sufriendo? —agregó una tercera estudiante, su tono de voz expresaba molestia por la conversación.

Las otras dos solo se limitaron a callar.

— ¡Ah! Bien, gracias Joven Hawthorne, ahora leerá…

Abstraído en mi espléndida narración, el maestro me interrumpió y le pidió a otro estudiante que continuara. Luego regresé a ser un fantasma…

Un alma abandonada.

***

 

 

Era una lluviosa tarde de septiembre después de otra jornada escolar, me encontraba debajo de una parada de autobuses quejándome por no haber tenido la preocupación de llevar una sombrilla aun sabiendo que el otoño había empezado.

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Afortunadamente una agradable compañía apareció. Se trataba de un gato negro el cual tenía un lunar blanco en la frente con forma de luna menguante, le faltaba el ojo derecho, además tenía una mancha blanca que le cubría todo el pecho y sus patas eran blancas, era un gato que yo conocía muy bien.

— Eh… hola pequeño…

Me puse de cuclillas para acariciar al gato, pero al ver que éste mostraba intenciones de alejarse recordé algo importante.

— ¡Ah! Cierto…

Me quité los guantes y los guardé en un bolsillo de mi pantalón, luego acerqué una mano al gato.

El felino se me acercó y frotó su cabeza en mi mano al mismo tiempo que ronroneaba. Por alguna razón el gato no se dejaba acariciar cuando tenía los guantes puestos.

— No dejas que cualquiera te toque ¿eh? —pregunté, el gato maulló en respuesta. Saqué un pan dulce de mi bolso y se lo di.

Mi vida carecía de emociones, cada día era prácticamente igual que el anterior; sin embargo cuando me encontraba casualmente con el gato experimentaba un efímero sentimiento de felicidad. Éstos eran momentos que aliviaban un poco mi melancolía.

Con el ruido de la lluvia de fondo me senté en la banca y miré complacido al felino comer.

Después de varios minutos el pan dulce había quedado reducido a la mitad.

— Cómo odio el otoño —estaba en medio de una conversación con el gato que estaba acostado en mi regazo—. No hace más que deprimirme… —mi vista se elevó hacia el cielo gris.

Los minutos pasaron y la lluvia no mostraba señales de terminar. No tenía prisa de llegar a mi casa, de todas formas no tenía nada que hacer y nadie me esperaba.

— Ah… —no hacía más que suspirar.

De repente sentí un jalón en uno de los bolsillos de mi pantalón, el gato saltó de mi regazo y empezó a correr.

— ¿Mmm?

Al tocar el bolsillo del pantalón me di cuenta que el felino se había llevado mis guantes.

— ¿Eh? ¡Regresa!

Inmediatamente me levanté y perseguí al gato.

Debajo de la lluvia y a pocos pasos de la parada de autobuses encontré los guantes tirados en el suelo.

— ¿Por qué hizo eso? —me pregunté recogiendo los guantes para luego meterlos en mi bolsillo—. ¿Dónde estará? —miré a los alrededores buscando al gato que prácticamente había desaparecido, pero en su lugar una persona me llamó la atención.

¿Eh? ¿Qué está haciendo?

The End of Melancholy Volumen 1 Capítulo 2 Parte 1

 

Observé a una chica que nunca antes había visto con la mirada perdida en medio de la calle.

Ese no es un buen lugar para estar…

Bueno, qué importa.

Giré la vista para seguir buscando al gato. El poco interés que tenía por la chica se iba menguando por mi indiferencia, sin embargo éste se intensificó cuando escuché el sonido de un carro acercándose.

Otra vez dirigí la vista hacia donde estaba la chica, ella permanecía inmutable.

— ¡Hey! ¡Oye! —grité, pero ella no reaccionó.

¿Qué es lo que quiere hacer esa chica? ¿Piensa suicidarse?

— ¡Hey, tú! ¡Te van a atropellar! —le advertí, pero ella siguió en la misma posición como si estuviera en medio de un trance.

¿Estará sorda?

El carro se acercaba más y más sin ninguna intención de bajar la velocidad.

No me importaba si de verdad quería suicidarse o si tenía problemas en su hogar. Si deseaba ponerle fin a su existencia, que lo hiciera fuera de mi vista.

Aparté la mirada mientras reflexionaba.

Yo ya estaba cansado de ver tantas muertes a lo largo de mi miserable vida, así que no estaba de humor como para ver a alguien morir en persona.

No obstante algo me impulsaba a no ignorarla. Era una sensación que no lograba expresar en palabras.

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El ruido del carro aumentaba de volumen.

Qué conductor más idiota, es hora de que haga sonar la bocina.

Eso no ocurrió. Los metros de distancia se reducían peligrosamente.

— ¡Ah! ¡Mierda!

Todo pasó en cuestión de segundos.

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Corrí hacia donde estaba la chica y la empujé. Caímos al otro lado de la calle e inmediatamente sentí que el carro pasó muy cerca de mí.

— ¡Imbécil! ¡Fíjate! —gritó el conductor asomándose por la ventana de la puerta mientras conducía.

— ¿Qué demonios le pasa? —me pregunté jadeando viendo al carro alejarse.

A causa de la exaltación del momento, me tomó un tiempo en darme cuenta de que la chica a la que recién salvé yacía inconsciente debajo de mí y que yo estaba sujetando sus brazos.

— ¿Eh? Espera…

El temible y horrible chirrido resonó después de mucho tiempo.

Empecé a ponerme nervioso y me alejé de ella.

La chica estaba a punto de morir y yo le salvé en el último momento…

¿Eso en qué afectaría mi visión?

Mientras me hacía esa pregunta, el memento mori se activó.

Ahh… Maldición…

Blanco.

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Un lugar brillante. A donde sea que dirigiera la vista, no lograba ver nada aparte de un brillo tranquilizador hasta el punto de hacerme olvidar de todas mis preocupaciones. Me sentí tan apaciguado en ese momento. Sentí esa paz que tan lejana me parecía.

Esta visión claramente era muy diferente a lo que he experimentado antes.

¿A qué se debe esto?

Acaso… ¿Es porque la salvé? No…

Es extraño…

¿Por qué yo no puedo ver su muerte?

No pasó mucho tiempo para que yo regresara a la realidad.

La chica seguía inconsciente y la lluvia estaba empeorando.

— Hey, despierta —dije sacudiendo el hombro de la chica, pero ella siguió sin despertar—. ¡Ah, qué molestia! —exclamé y miré a mi alrededor.

Nadie se encontraba cerca.

Esa visión fue muy rara, ¿a qué se debía?

Suspiré molesto y con pensamientos llenos de confusión.

Levanté el cuerpo de la chica, el cual se sentía muy ligero, eso me llamó la atención ya que yo no era muy atlético que digamos.

Si me tomé tantas molestias para salvarla, al menos debería terminar de hacer el favor ¿verdad?

Regresé rápidamente a la parada de autobuses para tomar mi bolso de la escuela y a los pocos segundos bajo la lluvia y algo inquieto por la extraña visión me la llevé en brazos hacia mi casa que no se encontraba muy lejos.

Al llegar, dejé a la chica en el suelo y fui directo a secarme y cambiarme de ropa, al terminar ella seguía sin despertar. Había pensado en dejarla en un sofá pero no quería que éste se mojara.

Me senté en el suelo cerca de ella y la observé con detenimiento. La chica rubia aún no abría los ojos.

¿Está dormida?

Sus pies estaban descalzos y su vestido verde empapado se encontraba pegado a su llamativo cuerpo.

Tragué saliva nervioso al ver que tenía tan de cerca —por primera vez— a una chica atractiva y para empeorar las cosas su ropa mojada no hacía más que resaltar su provocativa figura.

Mis ojos se posaron en su rostro y como si fueran arrastrados por una fuerza desconocida bajaron hasta detenerse en su prominente pecho.

Tragué saliva nuevamente luego de ver rodar algunas gotas de agua a través de uno de sus senos. Ella se encontraba en una posición muy indefensa.

Mi corazón latió deprisa golpeando mi pecho y mi mano izquierda guiada por el instinto se acercó lentamente hacia los senos de la hermosa chica rubia.

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¡No puedo!

Detuve mi mano en el aire a escasos centímetros de sus senos.

Ah… Sí que soy miserable, no puedo creer que fuera capaz de caer tan bajo.

La buena educación que recibí cuando era niño seguía arraigada en mí.

Respiré profundamente y alejé la mano.

Miré el reloj digital situado en la pared. Había pasado media hora desde entonces.

¿Si la toco se volverá activar el memento mori?

Por lo menos respondería esta pregunta si la tocara en el cuello, a fin de cuentas debía asegurarme de que ella seguía con vida.

Mi mano izquierda otra vez se movió lentamente hacia ella, luché internamente para no desviarla hacia su pecho.

Carmesí.

Un par de grandes ojos rojos me observaron fijamente.

Esto no luce bien para mí…

— ¡Ah, no es lo que piensas! —me apresuré a decir—. Yo solo…

— ¿¡Eh!? ¡¡¡Pervertido!!!

¡SLAP!

Por primera vez en mi vida recibí una fuerte cachetada. El memento mori no se volvió a activar.

***

 

 

— ¿¡Qui- quién eres tú!? —preguntó ella alejada de mí mientras abrazaba su pecho, mirando nerviosamente a todos lados—. ¿¡Dónde estoy!? ¿¡Qué hago aquí!? —luego sus ojos rojizos se clavaron en mí llenos de indignación.

— Soy Erick Hawthorne y estás en mi casa —dije sobando mi mejilla derecha—, te traje luego de haber salvado tu vida, por poco te atropellan. ¿Acaso pensabas suicidarte?

— ¿De que me atropellen? ¿Suicidarme? —preguntó ella confundida y molesta—. ¿¡De qué estás hablando!?

— ¿Ah? ¿No era eso? ¿Entonces qué hacías en medio de la calle?

— ¿En medio de la calle? —repitió ladeando su cabeza.

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— Ah… olvídalo.

— ¿Eh? ¡Alto ahí! De seguro solo quieres confundirme. ¿Salvarme? ¡Solo son excusas! ¡Estabas a punto de tocarme los senos!

— ¡Oye! No seas ruidosa ¡Eh! ¡No me patees!

— ¡Maldito pervertido!

— ¡Cálmate! —exclamé—. ¡Déjame explicártelo!

Empezamos un leve forcejeo.

— ¡No hay nada que explicar, pervertido! ¡Oye, no me toques!

— ¡Escúchame! Yo… solo quería comprobar tu pulso… ¡Cómo sea! ¡Qué malagradecida eres!

— ¿¡AH!? ¿Malagradecida? ¡Y tú- tú solo eres un pervertido!

— Lo que tú digas —dije alejándome de ella—, no me importa lo que pienses de mí.

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— Pervertido… llamaré a la policía —ella refunfuñó.

Completamente fastidiado me asomé por la ventana, luego me dirigí a ella:

— Bien, tú eres… —dejé de hablar esperando su respuesta.

La chica se exaltó y después apartó la vista pensativa.

— Soy… uhm… ¿Me llamo… Layla?

— ¿Por qué lo dices en forma de pregunta? Bueno, Layla —interrumpí—. Ya ha dejado de llover.

— ¿Eh?

— ¿Podrías marcharte de aquí? —dije señalando la puerta.

— ¿¡Ah!? ¡Espera! Yo no…

— Tus asuntos no son problema mío.

— Pero es que yo…

— Ya tuve suficiente con salvarte y que no me lo agradecieras —musité cansado—. Por favor, vete.

Layla tardó un tiempo en reaccionar ante mis palabras.

— Está bien… —dijo con la mirada hacia abajo.

La chica —que seguía empapada— se levantó y caminó desanimada hacia la puerta abierta, hecho que me pareció raro ya que hasta hace poco estaba armando un alboroto por un simple malentendido.

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Al estar afuera ella se giró y me dijo:

— Yo… no recuerdo nada.

¡BAM!

Inmediatamente le cerré la puerta en la cara.

Suficiente problemas tenía con los míos.

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