The End of Melancholy

Volumen 1

Capítulo 1: Memento Mori

Parte 1

 

 

Cuando era niño, como cualquier otro, no me preocupaba por el futuro.

Vivía en una mansión situada en un vecindario burgués. Mis padres eran personas amables, atentas, nunca se creían de una clase superior a sus empleados o amigos y fácilmente se ganaban el cariño de los demás. A pesar de su fortuna, ellos no tenían gustos excéntricos así que las cosas lujosas que nos rodeaban en la casa solo tenían una función decorativa, solo para mantener las apariencias…

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Yo gozaba de una buena educación, no sabía lo que era pasar hambre, angustia o carencias. Si era obediente y paciente yo siempre era recompensado.

Mis padres eran extranjeros —oriundos de Massachusetts, Estados Unidos—, así que no teníamos otros familiares cercanos a excepción del hermano de mi padre, el cual se reunía con él solo para hablar de negocios. Mi tío nunca me dio una buena impresión, sentía una mirada de desprecio por su parte cuando me lo encontraba en la mansión. Dejando eso último aparte, no sería una exageración decir que yo tenía una vida privilegiada, al menos solo en apariencia.

La amistad.

No creo que sea correcto llamar “amigos” a mis compañeros de clase, me llevaba bien con ellos —o eso parecía—, ya que me incomodaba la actitud que tenían, la forma de ser típica de los niños mimados en exceso. Yo sabía cómo fingir que no me desagradaban, negaba sus invitaciones para jugar y evitaba invitarlos a mi casa. No necesitaba de aquellos compañeros vanidosos y caprichosos así que prefería jugar en soledad.

«— ¿Por qué no invitaste a tus amigos a jugar? —preguntó mi padre una vez que me llevaba de paseo en el auto—. Jugar béisbol con más personas es más divertido».

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Podría tener razón, es molesto tener que ir a recoger la pelota cuando ésta fuera lanzada lejos por el bateador, pero no me sentía a gusto con mis compañeros de clase. Así que me era suficiente con jugar con mi padre y en algunas ocasiones con su fiel mayordomo.

Recuerdo que solía jugar en un columpio que se encontraba en el patio trasero de la mansión. Era mi lugar favorito, ahí nadie me molestaba mientras yo estuviera sumido en mis pensamientos.

En una ocasión me mecía en el columpio admirando un cielo nublado. Me llamaba la atención el sentimiento que emitía esa escena y su contraste de emociones y colores con los días soleados y despejados.

Esa vez sufrí un accidente, de alguna manera me golpeé la cabeza gravemente, no recordaba nada de ese suceso, solo lo sabía porque cuando desperté mis padres me contaron al borde de las lágrimas que seguía vivo gracias a un milagro. La cicatriz en el lado superior derecho de mi cabeza —cubierta por mi cabello— era un mudo recordatorio de ese suceso. Pasé un mes internado en el hospital.

Durante mi estadía en aquel silencioso y melancólico edificio, mi padre me trajo algunos materiales artísticos para que yo pintara a manera de pasatiempo. Yo tenía un don para la pintura que fue descubierto por pura casualidad en la escuela primaria, en una clase de artes y manualidades.

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Mi mano izquierda sujetaba el pincel y como si tuviera vida propia se movía a través del lienzo de una manera tan fluida y natural. Fui considerado un genio e incluso comparado a Vincent van Gogh [1]. Irónico, apartando el aspecto artístico, yo tenía mucho en común con este personaje.

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Retomando el accidente del columpio, estoy seguro que desde ese momento yo empecé a tener una ligera noción sobre la muerte.

Nacer, reproducirse y al final morir. Ese era básicamente el ciclo de la vida.

El tiempo de vida de las personas es relativamente corto y a la vez desconocido durante nuestra estancia en el mundo terrenal. Hay muchas formas de morir de las cuales no me molestaré en mencionar, tan fácil resulta morir pero tan complicado vivir. El ser humano puede ser tan fuerte y a la vez tan frágil.

Ah… Qué interesante contradicción.

Los límites que separan la vida de la muerte pueden ser tan ambiguos que hacen difícil determinar dónde termina una y empieza la otra. El principio y el fin resultan ser los lados opuestos de la misma moneda. Si la arrojas, tienes la expectativa de que caiga con un lado hacia arriba o por el lado contrario, pero… no es imposible que la moneda caiga de una tercera forma.

La muerte es tan misteriosa… Nadie sabe cómo será el día en el que alguien dé su último aliento, bueno nadie excepto yo.

Después de que me dieran de alta en el hospital, el tiempo transcurrió con normalidad durante un par de meses hasta que me inscribí en un concurso de pintura.

Los engranajes de una terrible maldición empezaron a girar.

***

 

 

«Atención a todos los asistentes, daremos inicio al cuarto concurso nacional escolar de pintura… »

La voz de una mujer resonó por todo el local, éste se ubicaba en una amplia cancha de baloncesto de una de las más prestigiosas escuelas del país —a la cual yo asistía—.

El concurso constaba de dos categorías, una para niños y otra para adolescentes. En la categoría infantil, estaban inscritos veinte concursantes. Los participantes pertenecían a diferentes escuelas, desde instituciones públicas hasta privadas.

En aquel día, yo sobresaldría del resto.

La obra ganadora en la categoría infantil era una sucesión de pinceladas libres y espontáneas, una mezcla de colores en tonos claros y calientes sobre óleo que se entrelazaban dando forma en el lienzo una pareja de personas.

Yo, en aquel entonces había retratado a mis padres.

— ¡Oh! ¡Estoy tan orgulloso! —declaró mi padre a punto de llorar por la emoción mientras aplaudía—, ¡ese es mi hijo! ¡Cielos! Soy tan apuesto en el cuadro —dijo colocándose una mano en la barbilla mientras admiraba la obra que pinté.

— Vamos querido, no hagas un escándalo aquí —dijo mi madre mientras sonreía avergonzada observando de reojo la reacción de los presentes.

— ¿Por qué no he de hacerlo? Mi hijo es un genio. Los demás cuadros son tan fríos y calculados, es como si fueran producidos en masa ¡Eso no puede ser arte! ¡Ja! Esos cuadros genéricos no tenían alguna oportunidad, ¿verdad, Erick?

— ¡Sí! —asentí feliz.

— Cielos… —suspiró ella preocupada—, espero que nuestro Erick no se vuelva tan ruidoso y narcisista como tú.

— Ja, ja, ja ¿Qué cosas dices mujer?

— Es la verdad.

— Papá, ¡narcisista! Ja, ja, ja —exclamé muy alegre e inocente.

— ¡Ah! —mi padre se colocó una mano en el pecho—. Mi propio hijo…

Mi madre se rió y dijo:

— Vamos Erick, ya debemos irnos. No quiero que tu padre se gane enemigos en este lugar.

— ¡Cierto! Hay que celebrar cuando lleguemos a la casa —dijo él con un ademán de como si recordara algo.

Tomé la mano de mi padre y también la de mi madre, estaba tan entusiasmado por llegar a mi amplia y acogedora casa para celebrar junto a mis seres queridos. Sin embargo, la sonrisa en mi rostro duró muy poco.

De la nada surgió un ruido agudo y estridente, similar al de un tenedor rayando porcelana. Este ruido perforaba dolorosamente mis tímpanos y terminó por ahogar las voces de mis padres que me veían conmocionados, luego, inexplicablemente quedé sumido en un mundo de tinieblas.

***

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Era un día nublado y húmedo. Sin saber cómo, miré a mis padres desde el asiento trasero del auto. El suave sonido del motor acompañaba su conversación mientras yo escuchaba confundido. Mi madre mencionó algo sobre el futuro que me esperaba:

— … Cariño, deberíamos llevar a Erick a una de esas escuelas de Arte en Europa.

— Sí, tienes razón —respondió mi padre—, ya te dije que mi hijo es un genio, pero sigue siendo un niño, hablaremos de eso cuando él sea más grande ¡AH!

La tragedia inminente sucedió.

Sin previo aviso, un camión apareció, mi padre perdió el control del auto. El claxon del camión que se aproximaba resonó con fuerza al igual que el chirrido de los neumáticos. Los frenos del auto fallaron y entonces éste fue impactado por el camión.

Un dolor indescriptible me invadió repentinamente.

¡Aaaahhhhh!

De alguna manera pude soportar el dolor lo suficiente como para lograr abrir los ojos que seguramente muy abiertos y aterrados observaron los cuerpos de mis padres atrapados entre la chatarra, bañados en sangre. Se escuchaba a los lejos la sirena de una ambulancia y las voces de varias personas.

Gemidos entrecortados salían de la boca de mi padre quien estiraba su ensangrentado brazo hacia el cuerpo inmóvil de mi madre, en ese entonces no sabía lo que estaba pasando conmigo, ¿esto era una pesadilla o era la realidad? ¿Por qué sufría de un inmenso dolor?

Tiempo después comprendí que estaba experimentando el dolor de mi padre.

La mano de mi padre se posó en el cabello largo y negro de mi madre, las lágrimas salían de su rostro y su alma parecía estar abandonando su cuerpo. Le esperaba el mismo destino que su esposa. La vida se le escapó de sus manos como si ésta tuviera forma líquida y se escurriera de entre sus dedos.

***

 

 

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— ¡Ahhh! ¡Duele! ¡Duele! —exclamé llorando desconsolado con las manos en la cabeza.

— ¿¡Hey, Erick!? ¡Hijo! ¿Qué pasa? —preguntó alarmado mi padre.

Retorcía mi cuerpo en el suelo sin dejar de llorar, mis padres asustados no sabían qué hacer para calmarme, tampoco tenían idea del mal que me estaba afectando. Luego de algunos minutos justo cuando ellos iban a llamar una ambulancia, abrí los ojos, miré a mi alrededor exaltado.

Aquella trágica escena había desaparecido al igual que el molesto ruido. Mi llanto cesó debido a mi súbita confusión.

¿Solo fue una pesadilla? ¿Qué era real y qué no?

Debido al dolor tan extremo y real experimentado yo me desmayé. Pasé en ese estado durante una o dos horas.

***

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— Yo… Yo… ¡yo vi algo malo! —me apresuré a decir al despertarme—. ¡Vi un accidente!

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— ¿¡Eh!? Tranquilo hijo… No sigas —expresó mi madre angustiada—. Primero dinos si estás bien, ¿te duele alguna parte de tu cuerpo?

— ¡No! ¡Yo vi cómo ustedes morían!

Mis padres intercambiaron miradas preocupados por lo que acababa de declarar. Me habían llevado a un parque cerca de donde se realizó el concurso de pintura, me dieron de beber agua y así logré calmarme un poco.

Mi padre volvió a preguntar:

— Así que… ¿Qué es lo que viste?

— Un accidente… Ustedes estaban en el carro ¡y un camión lo chocó!

— No Erick, no te alteres —dijo mi padre e intercambió algunas palabras con mi madre, entonces continuó—: Está bien… ¿Entonces no quieres que vayamos en carro a la casa?

— No… —respondí entre sollozos.

Mi madre arrugó el rostro preocupada mientras tanto mi padre sonrió y con voz suave me dijo:

— Bueno, caminaremos hasta la casa, y en el camino… —él se agachó hasta ponerse a mi altura—, aprovechemos y compremos algunos helados, ¿qué te parece? ¿Está bien?

Asentí en silencio.

***

 

 

— ¿De qué sabor te gustaría tu helado, Erick? —preguntó mi padre.

— Ch- chocolate…

— ¡Entendido! Entonces serán dos de chocolate y uno… de fresa —dijo él al mismo tiempo que miraba despectivamente a su esposa.

— ¿Qué? —preguntó ella.

— No, nada… Uhm… ¿qué tienes en contra del chocolate?

— ¿Eh? ¿Qué tiene de malo elegir otro sabor?

— Este… Pues, los que eligieron chocolate recibirán triple porción.

— ¿¡Ah!? ¿Acaso eres un niño? ¡Espera! ¿Cómo que triple porción? No le puedes dar tanto chocolate a nuestro hijo.

— Sí, sí, lo que tú digas ja, ja, ja.

Nuestra pequeña familia llegó a la heladería.

— Ah, se me hace agua la boca —expresó mi padre—, pediré el mío con chispas de chocolate.

— Oye, ¡eso no tiene sentido! —dijo su esposa.

— Para mí si lo tiene.

Sonreí ligeramente ante la actitud de mi padre.

— ¡Eh! ¡Pero que sorpresa! —declaró él atónito.

En una de las mesas se encontraba un hombre de la misma edad que mi padre, vestido con ropa de oficina acompañado de una niña.

— ¿¡Oscar!? —preguntó el hombre—, ¿en serio eres tú?

Mi alegre padre se llamaba Oscar Hawthorne.

— ¿Qué pregunta es esa? Claro que soy yo, ja, ja, ja.

— ¿Lo conoces? —intervino la mujer.

— Claro, es un amigo, que tenía mucho tiempo de no llamarme…

— Ah… perdón por eso. Este… Soy Chris B… mucho gusto —se presentó el hombre estrechando la mano de la mujer.

— Shelly Hawthorne, igualmente.

— Oh vaya, qué tenemos aquí… Qué linda ¿Ella es tu hija? —preguntó mi padre.

— Eh… Sí —musitó Chris mientras dirigía una triste mirada hacia la niña. Mi vista también fue a parar en la misma persona.

Ella era de apariencia sosegada, piel blanca, de ojos apagados y castaños, al igual que el color de su largo cabello amarrado en dos coletas.

— ¿Y esa mirada? —preguntó Oscar, mi padre—, ¿tu hija no ha comido helado todavía?

— ¿Eh? Pues no… —expresó el hombre confundido.

— ¡Perfecto! Vamos a comprar los helados, yo invito. Tendremos mucho de qué hablar. ¡Ah! Por cierto, éste es mi hijo, es un genio de la pintura —dijo con un tono orgulloso.

— ¿E- en serio?

— ¡Por supuesto! Ven. ¿Te gustaría algo de chocolate?

— Sí…

— ¿Y tú, pequeña? —preguntó Oscar a la niña.

— Fresa —respondió ella en voz baja.

— Eh…

Mi madre soltó una pequeña carcajeada y junto a mi padre y su amigo fueron a comprar los helados.

Aún conmocionado acerca de la pesadilla, me senté en la misma mesa que la niña. La observé durante un breve momento. Sus ojos y mejillas se miraban enrojecidos como si había estado llorando.

Ella jugaba ociosamente con una caja de jugo vacía sin prestarme atención. Me sentía incómodo sin saber si debía hablarle o no.

Pasaron dos minutos hasta que la niña levantó el rostro y entonces intercambió miradas conmigo.

Me quedé como estatua al verla de frente.

La niña abrió lentamente su pequeña boca y dijo:

— Qué mirada tan triste tienes.

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Estas palabras cayeron como un fuerte rayo que me estremeció. Me pregunté por un momento si ella había leído mi mente, ya que era lo mismo que yo pensaba de ella.

Más adelante me enteré de que aquella melancólica niña también había visto morir a un ser querido. No obstante, para ella había sucedido de verdad.

 

 


[1] Pintor neerlandés, uno de los principales exponentes del postimpresionismo. Se cree que sufría de epilepsia y que se unía a esto sus numerosas dificultades emocionales. Fue un hombre temperamental, solitario y no tenía amigos. Un artista entre la genialidad y la locura. Logró incorporar en sus obras su dolor y tormento, así como representar una “realidad” de la que solo él era capaz de ver.

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