Goblin Slayer

Volumen 2

Capítulo 9: El Monstruo que no Debe ser Nombrado

Parte 3

 

 

—Ahora, entonces… Esto es muy intrigante.

La última risa resonó en el tenue templo.

El sacerdote lagarto señaló silenciosamente a la cosa que aún colgaba sobre el altar: un gigantesco espejo de cuerpo entero. Su superficie vibraba como el agua, extrañas ondas que se esparcían por ella.

El espejo y la encantadora e intrincada estructura metálica que lo rodeaba no se habían visto ni siquiera raspados por la explosión. No podría ser más obvio que este no era un vidrio de aspecto normal.

— ¿Podría ser… un objeto de adoración? La sacerdotisa se inclinó ligeramente hacia delante, acercándose al altar.

—Será mejor que te abstengas de tocarlo descuidadamente.

—Sí, pero… no podemos no investigarlo, ¿verdad?




—Nos falta un explorador o un ladrón en este grupo. Dijo el chamán enano

La sacerdotisa extendió su pálido dedo y tocó suavemente la superficie del espejo.

Ploop. Su dedo se hundió en él.

— ¡¿…?!

Instintivamente retiró su mano, y la superficie del espejo se movió como un estanque. Olas diminutas corrían desde donde ella lo había tocado, ondulando por toda la superficie.




— ¡Oh! Uh, esto…

—Entra en la formación. Ordenó Goblin Slayer, sustituyendo a la sacerdotisa cerca del espejo mientras ella retrocedía apresuradamente.




Cada uno de los miembros del grupo sacó sus armas y se preparó para la batalla mientras el espejo seguía cambiando. La superficie ondulante se torció y giró enloquecidamente y, al cabo de un tiempo, comenzó a brillar con una extraña luz.

Vieron un desierto, no sabían su ubicación; estaba cubierto de una peculiar arena verde. Un sol brillaba en el perturbadoramente muerto cielo crepuscular.




Pero lo que más llamó su atención fue un artefacto mecánico enorme y extraño. Pequeñas siluetas humanas luchaban por empujarla; mientras se movía, se tambaleaba lentamente, como un mortero redondo en un camino.

No… ellos no eran humanos. Goblin Slayer sabía lo que eran.

—… Goblins.

Era un grupo de goblins con cara cruel. Un goblin con un látigo en la mano y la boca abierta, estaba gritando de rabia, sin duda intentaba apresurar el trabajo. ¿Qué estaban haciendo y con qué propósito? Era temeroso incluso de imaginar.

Porque la máquina y sus enormes engranajes estaban hechos de huesos humanos.

— ¿Qué demonios…?

—El hogar de los goblins, supongo.

Junto a una temblorosa sacerdotisa, el sacerdote lagarto asintió lentamente. Se acercó tranquilamente y volvió a tocar el espejo con la garra de su mano escamosa.

De repente, la imagen en el espejo se torció.

Se dobló sobre sí mismo, corrió hacia un lado, se giró, y comenzó a disiparse como si se hubiese visto atrapado en una tormenta de arena.

— ¡Oh…!

Exclamó la elfa en la escena apenas visible en la imagen arremolinada. Sus largas orejas se movían, y ella señaló con su hermosa mano y gritó — ¡Miren eso! Todo el mundo miró.           — ¡Justo ahora acabo de ver…. las ruinas de esa selva! ¡Donde estuvimos el otro día!

— ¿En la selva? Murmuró Goblin Slayer. — ¿El de los goblins inusualmente bien equipados?

— ¿Eso es todo lo que recuerdas de ese lugar? Pero sí. Ese es el sitio. La elfa asintió con la cabeza a Goblin Slayer, con sus orejas moviéndose de emoción. — ¿Qué posibilidades crees que hay de que los de allí fueron enviados desde aquí?

— ¿Crees que esto es una reliquia antigua que puede producir un portal? Susurró el chamán enano, como si no pudiera creerlo.

Tenía buenas razones para no creerlo. Portal, un hechizo que podía unir dos lugares, se había perdido hace mucho tiempo.

Los pergaminos como el que había usado Goblin Slayer eran los únicos artículos donde se podía encontrar el hechizo. E incluso esos eran artículos caros que tenían que ser primero encontradas en ruinas antiguas.

La idea de un objeto mágico que pudiera invocar ese raro hechizo en cualquier momento era asombrosa. Los aventureros, por supuesto, no sabían exactamente cómo usarlo, pero si podían entenderlo.

Imagínate el precio que traería. Más de lo que podían contar.

—Así que alguien estaba invocando goblins con esta cosa…

La elfa se alejó lentamente del espejo como si pudiera atacarla.

—…les dio armas y les hizo vivir aquí abajo…

El chamán enano recogió el pensamiento, cerrando un ojo y haciendo una mueca ante el espejo.

—…y entonces esa bestia asquerosa lo estaba protegiendo.

El sacerdote lagarto terminó con un golpe con la cola.

— ¿Qué hacemos, Goblin Slayer…?

La sacerdotisa lo miró con angustia.

Goblin Slayer no contestó.

—No… Lentamente agitó la cabeza de un lado a otro, y luego dio un paso decidido y audaz.

Volteó el cadáver del Ojo Gigante con su pie, entonces sacó una tela empapada que podía verse debajo de eso.

Probablemente había sido arrastrada por la explosión. Estaba chamuscada, cubierta de hollín, y sucia, pero cuando lo estiró, se reveló una horrible bandera de guerra. Llevaba un crudo dibujo en el pigmento rojo negruzco de sangre seca.

Un solo ojo.

La imagen era infantil, pero lo que significaba estaba terriblemente claro.

El escudo significaba que tendrían un castigo por el ojo robado. Era el símbolo de los goblins, prueba de que los aventureros habían encontrado su ciudadela.

—Sabía que eran goblins. Murmuró Goblin Slayer.

Como si fuera en respuesta, aullidos provinieron de las profundidades de la tierra.




Voces de inmenso odio. Voces de celos y lujuria. Voces que buscaban robar, violar, matar. Gritos crueles llenos de codicia.

Desde lo más lejano de ese sucio agujero, los ruidos salían de una oscuridad que parecía el hogar de las pesadillas.

—…Ee…

La sacerdotisa apretó su bastón con ambas manos y tembló. Conocía esos sonidos, los conocía de una manera que la enfermaba. ¡Esas voces… esos goblins!

—Ah-ha… Nuestra explosión resonó hasta llegar a ellos. El sacerdote lagarto respiró agudamente, moviendo su cuello.

Las voces parecían provenir de todas partes a la vez, de cada uno de los pasillos que llevaban a la salida del templo. Pasos y ecos de los estridente choques de las armas y equipos al mismo tiempo, cada vez más cerca.




No tenían mucho tiempo.

—Si de aquí vienen los pequeños demonios, no podemos ignorarlo.

—Entonces, estás diciendo…

El chamán enano sacó su botella de vino de fuego y tomó un gran trago.

Su cara se puso rígida y se puso un poco roja, y luego sonrió como para evitar su inquietud.

—… ¿Vendrán a recuperar este lugar?

—Oye… Oh, hombre… ¿No podemos tomarnos un descanso? La elfa se sentó débilmente. Sus orejas cayeron lastimosa y lamentablemente, toda su energía de momentos atrás desapareció. Su delicado rostro cayó, y parecía que iba a llorar.

La sacerdotisa se acercó a su lado con la misma expresión. Con las manos temerosas, temblorosas y rígidas, agarró con tanta fuerza su bastón que su piel comenzó a ponerse blanca, y sus ojos temblaban.

Pero miró a Goblin Slayer, aunque no suplicante ni desesperadamente. Sólo lo miró directamente a él.

—Goblin Slayer.

Su pequeño susurro hizo que todos se centraran en él. Igual que con el ogro, igual que con el lord goblin, así lo hicieron ahora. En sus momentos más nefastos, éste era el hombre que manejaría algo. Podía parecer que se daban por vencidos, pero no lo estaban, no del todo.

Porque si lo hicieran, ¿quién se volvería hacia Goblin Slayer como líder?

En los términos más amplios, era una especie de confianza.

—……




Goblin Slayer escaneó silenciosamente toda la habitación.

El desmoronado templo. El espejo que contiene el asombroso poder de Portal. Los goblins acercándose desde todas las direcciones. Los cuatro agotados aventureros.

Habían sido arrinconados completamente… ¿o tal vez no?

— ¿Qué tengo en el bolsillo…?

No buscaba una respuesta, sólo hablaba consigo mismo. Era un acertijo que nunca había entendido. Incluso ahora, no estaba seguro de entenderlo.

No había nada allí… excepto su mano.

Una mano que no podría sostener nada. O todo.

¿No lo hizo siempre?

Y si lo hizo, entonces…

—……

Miró a la elfa, que no se movió para huir a pesar de su evidente temor.

Al chamán enano, fortificando su coraje con vino.

Al sacerdote lagarto, que se estaba echando a perder para la próxima batalla.

Y a la sacerdotisa, que lo miraba directamente.

Entonces asintió, y dijo tranquilamente:




—No te preocupes.

Era imposible distinguir su expresión detrás de ese casco de acero.

Pero a la sacerdotisa, no, a todos ellos, sus únicos compañeros en el mundo…

—No será un problema.

… parecían que, tan tiernamente, se estaban riendo.

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