Goblin Slayer

Volumen 2

Capítulo 2: Goblin Slayer en la Ciudad de Agua

Parte 2

 

 

Habían muchos visitantes en el Templo de la Ley.

En parte, no eran sólo los creyentes del Dios Supremo quienes venían a suplicar allí.




El edificio era también un tribunal, donde se dictaban sentencias en nombre de Dios. Los casos abarcaban desde simples disputas cotidianas hasta asuntos de vida o muerte.

Había un flujo incesante de aquellos que deseaban que sus casos fueran escuchados bajo la luz despiadada de Dios.

Más profundo en el Templo, pasaron por una sala de espera llena de tal gente.

Pasando por las salas de audiencias donde se escuchaban los casos, atravesando pasillos estrechos con estanterías,  hasta el lugar más recóndito, donde todo era silencioso y rodeado de pilares de mármol.

En esta parte más profunda del templo había un salón de adoración donde se veneraba una imagen del Dios Supremo en la forma del sol.




Era como algo salido de un mito.

La luz del sol se deslizaba entre los pilares en grandes rayos dorados. No había ruido fuera de lugar; el silencio era absoluto. Este era un lugar sagrado.




Y en el altar estaba arrodillada una mujer, con un bastón largo en la mano, rezando.

Llevaba túnicas blancas sobre su robusta figura. Su pelo dorado brillaba al sol. Su bastón, que representaba una espada de cuya empuñadura colgaba una balanza, mostraba la igualdad de justicia y ley.

Era tan deslumbrante que uno sólo podía pensar que si el Dios Supremo se encarnara como mujer, éste sería ella.

Sus ojos estaban escondidos por un pañuelo negro. No es que de ninguna manera haya puesto en duda su belleza; la tela puede que incluso la haya hecho aún más llamativa.

— ¿…?

De repente, levantó la vista.

El silencio sagrado había sido destrozado por pasos audaces e informales.

— ¡G-Goblin Slayer! Por favor, trate de ser más silencioso.

—Este es un trabajo urgente. Si no les importa que entremos, no hay razón para esperar.

— Siempre creí que eras del tipo impaciente, Orcbolg.

— ¡Todos son impacientes al ser comparados por un elfo!

—Tal alboroto es impropio. Sea una deidad extranjera o no, estamos en la casa de Dios.

Fuerte, animado, áspero, robusto. Para ella esto era tremendamente nostálgico.

—…

Los bordes de su boca se ablandaron levemente, y la manga de su ropa se movió como una ola en el océano.

Ella, el arzobispo del Dios Supremo, Sword Maiden, se levantó lentamente.

—Dios mío. ¿Quién podrías ser tú…?

—Hemos venido a matar a los goblins. Contestó Goblin Slayer con un tono claro y un poco animado.




Su actitud emanaba insolencia, pero no sonaba frívolo. Era una forma tremendamente aventurera de hablar.

La sacerdotisa estaba junto a él, nerviosa, tratando dolorosamente de averiguar cómo hacer que la saludara.

¡Esta es Sword Maiden!




Goblin Slayer Volumen 2 Capítulo 2 Parte 2




 

El arzobispo amado del Dios Supremo.

El aventurero de rango oro que, hace diez años, había dado muerte al Señor de los Demonios.

No un héroe de leyenda, sino una presencia única que había surgido de la humanidad.

Ella estaba muy por encima de la sacerdotisa, recién ascendida a Obsidiana. La diferencia entre ellas era como el abismo entre un goblin y un dragón.

Cuando ella fue una acólita, probablemente la sacerdotisa no podría haber entrado en este lugar maravilloso.

—Yo, um, e…es…es un honor conocerte. Dijo la sacerdotisa con voz tensa, haciendo una pequeña reverencia. Sus ojos brillaban y sus mejillas estaban rojas.

—Un guerrero muy honrado y… una dulce y muy honrada sacerdotisa.

Desde más allá del pañuelo, una mirada suave cayó sobre la sacerdotisa y luego continuó, o eso sintió.

Podía oír su propio corazón latiendo dentro de su pequeño pecho. Esperaba que no fuera audible para nadie más.

— ¿Y estos augustos personajes son…?

—Mm. Sus compañeros, miembros del mismo equipo. Dijo el sacerdote lagarto cuando la mirada se posó sobre él. Venero al naga más temible, pero ten por seguro que te daré todo mi apoyo. Su insólito gesto con las manos fue solemne.

Por supuesto, su gesto difería de la forma en que el clero del Dios Supremo se mostraba respetuoso el uno con el otro. Pero ese no era el punto. Lo más importante era que mostrara su intención de respetar a los demás.

Todo comenzó desde ese punto. Sin dejar de sonreír, Sword Maiden dibujó una cruz en el aire con su dedo.

—Bienvenidos al Templo de la Ley. Es un honor para mí recibirte, oh sacerdote escamoso.

La elfo y el chamán enano, por su parte, mostraron poco interés en los sucesos.

Hicieron leves reverencias desde detrás del sacerdote lagarto, pero tenían sus cabezas juntas, susurrando el uno al otro.

—Hmm. Bastante bien para ser el trabajo humano. Dijo el enano.

—Sí. Qué hermoso cuadro. Dijo la elfa.

Su admiración parecía concentrarse en el techo que estaba muy por encima de sus cabezas.




Allí, ricas pinceladas compusieron un mural que representaba las batallas de la Era de los Dioses.

Habían visto pinturas rupestres antes, dibujadas con sangre en las paredes de las ruinas, pero esto era algo totalmente distinto.

Orden y Caos, Ilusión y Verdad, los dioses se arremolinaban unos contra otros con cuerpo, espíritu y alma.

Frente a un campo de estrellas, los milagros y la magia giraban, volaban de un lado a otro, brillaban, ardían. Finalmente, los dioses buscaron un dado y comenzaron a complacerse al lanzarlo.

El tablero en el que jugaban era este mundo, y las piezas con las que jugaban, eran todos en el mundo.

De ahí la razón por la cual los que tenían palabras, los que oraban, trataban de vivir correctamente.

Los dos de ellos, que eran parientes de los espíritus que llenaban este mundo, no eran como los dioses. Los elfos y enanos respetaban a los dioses, sin embargo, ellos no los adoraban sin pensar. Los dioses estaban “con” ellos; ellos escuchaban el consejo de los dioses, pero no eran sus esclavos. Por eso había tan pocos sacerdotes elfos, aunque los enanos todavía adoraban al dios de la herrería.




—Ho-ho. Qué aventureros tan… peculiares son todos ustedes.

Un excéntrico guerrero. Una sacerdotisa pura. Un sacerdote extranjero. Un usuario de magia enana. Y una guardabosque.

El arzobispo les dio a los cinco una sonrisa pequeña y extraña.

¿…?

La sacerdotisa pensó que la sonrisa rebosaba de soledad y añoranza.

—Y si es así, entonces nosotros somos parecidos. Les doy la bienvenida de todo corazón.

Sólo tomó un momento.

Sword Maiden hizo un amplio movimiento con sus brazos, como para abrazar a los aventureros. El gesto evocaba a una madre cariñosa pero seductora, como una ramera que insistía a alguien a entrar en su dormitorio.

Un hombre común y corriente habría dado un gran trago de saliva en ese momento.

Goblin Slayer, sin embargo, ignoró todo esto. —Basta de cumplidos. Cuéntanos los detalles de la búsqueda. Ignoraba la mirada mortificada que estaba en el rostro de la sacerdotisa.

—Un momento, Goblin Slayer…

Demasiado era demasiado.

La sacerdotisa agarró la mano de Goblin Slayer, cubierta con guantes, y lo acercó.

—No puedes hablar así al arzobispo.

—No me importa.

Pero mientras tanto Sword Maiden estaba moviendo suavemente su cabeza.

—Estoy muy contenta de que un aventurero tan fuerte haya venido a mí.

— ¿En serio?

— ¿Puedo preguntar algo?, solo por curiosidad personal. Murmuró —Si algún pariente tuyo se uniera al caos, ¿podrías matarlos?




—No. Contestó sin rodeos Goblin Slayer. —No tengo parientes vivos.

— ¿Es así entonces…?

Goblin Slayer miró los brillantes labios rojos desde dentro de su casco mientras susurraban.

—Entonces. ¿Dónde están los goblins?

Detrás de él, los otros aventureros suspiraron.

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